jueves, enero 05, 2012

Los Juguetes

Se había sentido excitada todo el día, tenía muchas ganas de encontrarse con alguien que se la llevara a la cama, le abriera las piernas con delicadeza y la embistiera con brutalidad.

Los buenos amantes se habían vuelto escasos, ya no se encontraban fácil como antes, otra vez se tendría que conformar con sus juguetes.

Hace años había comprado un vibrador, cada vez que lo veía entendía por qué no se conformaba con nadie, era demasiado grande comparado con el promedio normal. Encontrarse uno así de carne y hueso no sería fácil. También tenía un vibrador más pequeño para uso anal. Se volvía loca con ambos en la cama y esa noche no sería la excepción.

Esperó a que la noche estuviera quieta para sacar sus juguetes, los puso sobre la mesita del velador mientras buscaba la cámara. Quería ver la última video grabación que había hecho con su amigo intimo donde él la embestía duramente. Esa imagen la excitaba, escuchar los gemidos de ambos llenando la habitación la dejaban rápidamente con la entrepierna mojada.

Se quitó lentamente la ropa, como si alguien la estuviese mirando, coqueteando frente a ese nadie y tocando sus pezones que comenzaban a endurecerse.

Levantó una pierna y la apoyó en la cama para poder llegar con mayor facilidad a su sexo, acarició su clítoris mojado y luego llevó esos jugos a su boca, el olor y el sabor la excitaron más. Estuvo tentada en comenzar a introducirse el vibrador más grande, pero significaría que acabaría pronto. Se detuvo un momento para encender la cámara y ver las imágenes.

El sonido, era eso lo que más la excitaba, más que las imágenes.

Se acostó boca arriba y comenzó a explorar su sexo, siempre lo hacía como si fuera la primera vez. Introdujo lentamente un dedo y sintió su calor. Luego introdujo dos dedos y los movió lentamente en su interior.

Al sacarlos los pasó suavemente por su ano, haciendo círculos sobre él, tratando de dilatarlo poco a poco, preparándolo lentamente a lo que venía.

Tomó el vibrador más pequeño y le puso un poco de gel íntimo, lo acarició para esparcirlo mientras sus piernas se movían de un lado a otro, con impaciencia, esperando ansiosa por lo que venía. Puso sus piernas de lado y comenzó a introducirlo por su ano lentamente, un poco adentro, luego un poco afuera, hasta que quedó completamente adentro.

El placer de la sensación la tenía vuelta loca, quería eso y mucho más.

Lentamente abrió sus piernas e introdujo el vibrador más grande en su vagina y lo encendió primero lentamente, luego más rápido, sus gemidos se comenzaron a escuchar por la habitación mientras hábilmente no dejaba que ninguno de los dos vibradores escaparan a su posición, dándose placer una y otra vez, hundiéndolos y soltándolos, moviéndolos de un lado para el otro hasta conseguir el éxtasis.
Las oleadas de placer inundaron su ser, con su mano sintió cómo su clítoris se hinchaba y la explosión fue sublime, tan sublime que después del placer máximo, seguía sintiendo puntadas mezcla de placer y dolor en el clítoris.

Exhausta apenas pudo sacarse sus juguetes para dejarlos en la mesita y darse vuelta a dormir.

martes, diciembre 27, 2011

Viejos Amigos


El calor de la tarde aún se hacía sentir cuando estacionó el vehículo fuera del edificio. La moto ya estaba en su lugar, señal que podía anunciarse y subir.

Se habían pasado la tarde enviándose picantes correos sobre lo que ella quería hacerle y sobre lo que él esperaba que ella le hiciera.

Entró sintiendo al caminar como su sexo estaba listo y dispuesto a lo que venía. El conserje la miró, ya estaba acostumbrado a anunciarla y verla salir apenas 15 minutos después con el pelo algo desordenado.

Subió las escaleras y una niña lloraba “Maldición!” pensó, ese tipo de episodio podría bajarle la libido que estaba en su punto máximo después de haberse estado toqueteando en cada semáforo rojo.

Él abrió la puerta y ella no lo saludó, ni siquiera lo besó, se abalanzó como loca a su pantalón y lo tocó. Estaba duro y erecto, tal cual ella lo esperaba.

Rápidamente soltó su cinturón y comenzó a despojarlo de su ropa. Se arrodilló sin que él se lo pidiera e introdujo esa tremenda polla en su boca, con ganas, con ansias, como si fuese un vagabundo perdido en el desierto que encuentra su oasis.

Los gemidos de él no tardaron en venir “¿Quién es mi puta?” preguntaba mientras ella no se detenía a responder. Quería comerlo entero, quería sentir ese olor en su cara.

De pronto él la obligó a detenerse, iba a acabar… “aún no” pensó, pero esos no eran los planes que él tenía para ella, no todavía.

La obligó a pararse y la tiró a horcajadas boca abajo sobre la mesa mientras le bajaba la ropa interior “¿Esto es lo que querías, verdad?” le gritaba al oído mientras la primera embestida le robó un grito ahogado. “¿Esto es lo que te gusta, verdad?” mientras seguía golpeándola una y otra vez hasta hacerla acabar.

Exhausta, se volvió a arrodillar frente a él para terminar la faena. Lo succionaba con ganas, como si fuera su trofeo. Lo metía hasta el fondo de su garganta, pasaba la lengua por su glande dándole suaves golpecitos. Hasta que de pronto él la empujó un poco hacia atrás. Ella permaneció con la boca abierta esperando ese delicioso líquido caliente.

Tenía un sabor agridulce que ella ya conocía, el semen saltaba dentro de su boca “Hoy es más que la semana pasada” pensó, mientras caía en su boca, su cara y sobre sus senos. Mientras él gemía de placer al ver como ella jugaba con su semen en la boca, con sus manos recogía lo que había caído sobre sus senos para llevárselo a la boca y disfrutar de ese calor y ese olor que la acompañaba hasta el anochecer.

Rápidamente se incorporaron, recogieron la ropa tirada por todo el comedor, se vistieron y sólo en ese instante se saludaron como los dos viejos amigos que eran.

jueves, febrero 24, 2011

Un Paseo

Quiero dar un paseo por tu cuerpo, un paseo que me lleve hasta los lugares más recónditos y descubrir miles de fuentes de placer.

Arrodillarme frente a ti, acariciar tus nalgas firmes, sentir tu timidez ante mis manos ávidas de tu cuerpo.

No me resisto y el sonido de un par de fuertes nalgadas cruzan el aire, seguidas por un pequeño gemido que escapa de tu boca.

Mi boca no se demora en acercarse para acabar con el escozor, mi lengua traza círculos por tus nalgas mientras mis manos alcanzan tu pene ya erecto.

Mi lengua no se cansa de sentir el sabor de tu piel, sentir el calor bajo las palmas de mis manos mientras lentamente vas girando para dejarme tu orgulloso pene justo frente a mi boca.

La vista de tu órgano provoca pequeños espasmos en mi clítoris al imaginar todo el placer que me entregará. Pero primero es mi turno de entregarte placer.

Abro mi boca mientras con mis ojos busco los tuyos, quiero ver tu cara de placer al sentir el calor y la humedad de mi lengua que juega por la punta de tu pene. Lo introduzco casi completo, subo y bajo, una y otra vez, urgiéndote a moverte acompasadamente siguiendo el ritmo de mi boca.

Mis manos buscan debajo de tu pene, te recorren y oprimen levemente tus bolas. Mientras me voy lubricando rápidamente y sintiendo cada vez más ganas de sentirte dentro de mí.

De pronto me jalas hacia atrás, sé que ya es el momento y abro mi boca lo más que puedo, tu semen comienza a caer sobre mi lengua mientras trato de no perderme ninguna gota de este tibio líquido de sabor indescriptible que baja por mi garganta.

Sabes que eso para mí no es suficiente, limpias mi boca con tu mano mientras con la otra me incorporas, me das vuelta y de una palmada me mandas al baño a lavarme mientras descansas un poco para continuar.

Regreso a los pocos minutos, estas tendido sobre la cama de sábanas blancas esperando por mi cuerpo. Mi cuerpo te desea, mis ojos se clavan en tu sexo, esperando verlo más erguido para poder montarte.

Acerco mis senos a tu boca que gustosa recibe el regalo de sus botones erguidos. Los tomas suavemente entre tus labios y los oprimes lentamente mientras tu lengua los repasa enérgicamente.

Mi mano baja por tu cuerpo hasta llegar a tu pene y comprobar así que ya estás dispuesto a sentirte dentro de mí.

Ansiosa abro mis piernas y me dejo caer lentamente, sintiendo como comienzas a penetrarme suavemente para luego comenzar en un movimiento rotatorio de mis caderas mientras subo y bajo.

El placer no tarda en llegar y hacerme explotar mientras miro tus ojos entrecerrados disfrutar el momento. Una sonrisa de placer se instala en mi cara, mientras bajo un poco la energía de mis movimientos para recuperarme y continuar un poco más.

Un poco más adentro, siempre un poco más adentro, luego afuera, sintiendo mis senos balancearse a un ritmo frenético, rozando a veces levemente tu pecho.
Un segundo orgasmo y decides cambiar de posición.

Me encanta sentir tus embestidas desde atrás, pero esta vez lo haces diferente. Me obligas a bajar la cabeza hasta las sábanas y dejas sólo mi cola en alto, no te mueves y me pides a mí que lo haga.

Nunca había sentido un orgasmo como ese… ha sido lo más parecido a los orgasmos que me provoco yo misma estando sola.

miércoles, noviembre 10, 2010

El Inicio

El final del día se acercaba, era ya casi la hora de salir y tenía una cita a ciegas: era alguien que no conocía en persona, pero que llevaba un tiempo hablando con él a través de la web. Nos íbamos a juntar cerca de mi trabajo pues su departamento quedaba a pocas cuadras.

Crucé el río impaciente, había sido uno de esos extraños días de sol en pleno invierno, de esos días que uno añora mirando por la ventana mientras llueve, por lo que la temperatura era inusualmente más alta a esa hora.

Él estaba ahí, de pie mirando y buscándo con la mirada, tratando de reconocerme entre la multitud. No sé si lo reconocí yo primero o no, pero lo cierto fue que de pronto nuestras miradas se cruzaron, sonreímos y nos fuimos caminando por la calle a tomar un trago.

Pasamos un par de hora conversando y riendo, hasta que miré mi reloj y le dije que me iba a casa. "Espera - me dijo - vamos a mi departamento y luego te voy a dejar al auto"

Acepté sabiendo que su invitación tenía un doble propósito. Pero lo acepté. Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre y necesitaba volver a sentir.

Su departamento era pequeño, de esos típicos de hombres solteros. Me senté en un sillón mientras me preparaba un café. Lo sorbí lentamente mientras lo miraba, no sé qué me decía, sólo observaba.

Se me acabó el café, dejé la taza en la mesa, entonces él se acercó y comenzó a besarme. Primero lentamente, luego fuimos aumentando de intensidad. Su lengua entraba en mi boca buscando el néctar de mis besos y yo dejaba que me acariciara sin pudores.

¿A quién le podría hacer daño un simple touch'n go?

Se levantó frente a mi, lo miré a los ojos y busqué su cinturón. Lentamente comencé a desabrocharlo, luego fue el turno de sus pantalones. En pocos instantes tenía frente a mi su falo erecto, rosado, lo suficientemente grande como para que no entrara por completo en mi boca.

Ávida de tenerlo comencé a chuparlo, lentamente pero a la vez firme. Mis manos jugaban con él mientras mi lengua lo recorría completo. Traté de introducirlo completo en mi boca pero no pude, sus roncos gemidos despertaban mi pasión a cada embestida que le daba con mi boca. De pronto se echó para atrás y acabó con fuerza.

"Vamos a la cama" Susurró en mi oído.

Sin pudores me quité la ropa y me metí en su cama.

Comenzó a acariciarme lentamente, primero mi cabeza, luego puso su mano en mi cuello y lo apretó suavemente. Cuando llegó a mis pezones instintivamente abrí un poco más mis piernas, sabía que pronto llegaría hasta mi templo y el placer sería infinito.

Su lengua comenzó a rozar mis pezones, los alternaba para luego morderlos suavemente. Mientras yo le acariciaba la cabeza y su espalda.

Siguió bajando hasta llegar a mi clítoris. "Abre más las piernas" ordenó. Hundió su cabeza en mi tan rápidamente que me hizo gritar de asombro, para luego pasar del asombro al placer.

Su lengua experta se paseaba a lo largo de mi vulva, tomando el clítoris y haciendo círculos alrededor de él. Puso uno de sus dedos en la entrada de mi vagina mientras mordía mi clítoris. Quería más, quería tenerlo dentro.

Como si leyera mis pensamientos se incorporó, sin decirme ninguna palabra hizo que me pusiera con mi cola bien parada. Metió uno de sus dedos primero, luego dos, hasta que de pronto sentí su primera embestida.

Mis gritos de placer llenaron la habitación. Podía ver a través de mis piernas las suyas y sus bolas como se balanceaban hasta chocar contra mi cuerpo. Tomó mi pelo y me obligó a levantar la cabeza mientras sentía sus gemidos confundiéndose con los míos.

Le pedí que me diera de nalgadas, primero fueron unas palmadas suaves que fueron subiendo de intensidad al igual que el deseo y placer que me iba inundando.

De pronto supe que iba a llegar a mi climax, mis caderas comenzaron una loca carrera contra las suyas hasta que exploté de placer. Él no se demoró mucho más y explotó dentro de mí.

Tendida en la cama boca arriba se puso de lado, su mano tomó mi garganta y me dijo "Ahora eres mía"

Supe que ese era sólo el inicio de muchas veladas más en ese departamento.

miércoles, marzo 24, 2010

Atrevete

Atrévete de una vez a tomarme por los hombres y acercarme a tu cuerpo, no como un amigo que consuela, sino como un amante. Hombre dominante, que hace conmigo lo que desea.

Te miro y deseo atreverme a llegar con mis manos hasta tu bragueta, bajarla lentamente mientras miro directo a tus ojos que penetran los míos, desnudándome antes de tiempo.

Tu piel cálida emana aún más calor haciendo que de ella salga un aroma que me me provoca sensaciones, ahí, donde una mujer esconde su sexo.

Tus rugidos de león en celo me hacen sonreír y me atrevo a ir más allá, bajando aún más mis manos para tocarte a mi antojo.

Tu boca, ávida de mis labios, buscan este oasis que sólo sabe sonreír, mientras mis pezones se erizan, como dos picos cordilleranos.

Tus manos alcanzan mis senos, presionan mis pezones, mis gemidos no tardan en venir e irrumpen en el silencio de esta habitación.

Tu boca muerde mi cuello, adora mis hombros y se posan suavemente en mis pezones, uno primero, el otro después, mientras tus manos juguetonas tiran suavemente del pezón que tu boca a dejado de lado.

Me siento húmeda, con ganas de ponerle fin a este juego. Pero aún no es tiempo.

Por fin me atrevo.

Logro recostarte en la cama para poder adorar tu cuerpo desnudo ya. Mi boca recorre tu cuello mientras tus manos intentan tocarme, bajo por tu tórax con mi lengua, me detengo de tiempo en tiempo para observar tu desnudez y la recompensa que me espera más abajo.

Tu ombligo se contrae al sentir mi boca en él, tu piel se eriza al saber que pronto llegaré al final.

Me tomo mi tiempo para besar tus muslos, acariciar suavemente tu pene, erecto frente a mi, desafiante, mientras intentas levantar la cabeza. Quieres mirar, pero el deseo es más fuerte que tu y la dejas caer.

Sonrío, mientras voy introduciendo suavemente tu pene en mi boca. Lanzas una exclamación al darte cuenta cuan adentro de mi boca puedes estar. Con mi mano ayudo a que entre cada vez más, hago presión, suspiras un poco más fuerte. Te toco como siempre quise hacerlo, recorro con mi lengua su largo y bajo aún más, nuevos gritos ahogados salen de tu coba.

De pronto saltas como un león, me pones de espalda y tiras violentamente de mi cabello. Un grito de sorpresa y excitación sale de mi boca mientras me embistes con fuerza. lentamente vas soltando un poco mi pelo lo que me deja con un poco más de libertad para moverme a mi antojo.

Bajo una mano para sentir como me penetras, el calor es ya insoportable y te siento venir.

Me abandono a mis instintos más básicos y dejo que acabes en mi interior, como una gran explosión.

Exhausta te miro, preguntándome en cuanto rato más te atreverás nuevamente.

martes, julio 08, 2008

REENCUENTRO

La llamada me había tomado por sorpresa, no sabía si debía o no asistir a la cita y luego pensé “¡Al Diablo! No tengo por qué ser yo la que tenga miedo” Tomé una gran bocanada de aire al ver que se acercaba un taxi y lo hice parar.

Durante el corto trayecto vinieron a mi mente las imágenes más diversas, mezcla de placer, alegría, tristeza y abandono. La experiencia pasada con él no era de las mejores pero estaba dispuesta a sentarme a conversar como si nada hubiese pasado, como si el tiempo se hubiese detenido hace ya casi 10 años.

La noche avanzó entre risas, tabaco y alcohol, hasta que te pusiste de pie y me robaste un beso, un beso que llegó hasta mi alma y la hizo temblar. Mi respiración se agitó, sentía tus manos acariciando mi cuello, generando suaves círculos alrededor de mi nuca, provocando en mí el deseo y excitación que pensé perdidos.

Lentamente comencé a tocar tu pecho, a sentir tu respiración agitarse junto a la mía, me tomaste de los hombros y me obligaste a levantarme, apoyada en el arco del comedor me besaste salvajemente, tu boca pasaba rápidamente de la mía a mi cuello y viceversa. Tus manos buscaban entre mis ropas las cumbres de mis pechos erguidos esperando por tus caricias.

Lentamente fui despojándome de mis ropas para poder ofrecerte mi cuerpo deseoso del tuyo, tus manos jugando con mis pezones orgullosamente erguidos mientras mis manos desabrochaban tu cinturón, bajaban el cierre de tu pantalón hasta llegar a tu sexo erguido frente a mi.

De pronto tus manos bajaron hasta mi sexo, buscando suavemente mi clítoris, buscando mi humedad, provocando oleadas de placer y deseos de tener tu sexo dentro de mí.

Me hiciste girar rápidamente y me embestiste suavemente al principio, para luego ir aumentando el nivel de fuerza hasta que las sensaciones dentro de mí comenzaron hacer mis piernas temblar. Sentía cómo tu sexo penetraba en mi una y otra vez, sentía tus gemidos sobre mi espalda y deseaba más y más a cada minuto.

Me llevaste al sillón, te recostaste sobre él y pude ver tu pene frente a mí, ofreciéndose en toda su magnitud. Mi boca deseosa de él no se demoró en comenzar a jugar con él; suavemente primero y subiendo de intensidad después. Mi lengua pasaba a lo largo y ancho de él, buscando saborear hasta la última gota de tus fluidos que ya se encontraban mezclados con los míos. Tu cara de satisfacción y tus gemidos me decían que querías más y más.

Rápidamente me despojé de mis botas para poder sentarme sobre ti, sentí cómo nuevamente me penetrabas, pero esta vez a mi propio ritmo. Mis manos tomaban tu cabeza y la llevaban a mis pechos, tu boca succionaba primero un pezón, luego el otro, suavemente mordías, disfrutando de cada movimiento, mis caderas giraban en redondo mientras subían y bajaban hasta que sentí cómo mi cuerpo se estremecía en un orgasmo el cual fue deliciosamente acompañado por el tuyo.

En el éxtasis del momento, cansados por el esfuerzo realizado, sentados en el suelo uno frente al otro, me di cuenta que quería continuar, no quería acabar nunca más, quería quedarme ahí, desnuda a tu merced.

Leyendo mis pensamientos me arrastraste hasta tu dormitorio, encendiste la luz, me subí a tu cama dispuesta a dejar que hicieras con mi cuerpo lo que quisieras. Tu boca pasó de mis labios hasta mi sexo, tus dientes mordían suavemente mi clítoris mientras tu lengua lo estimulaba con rápidas y certeras pasadas sobre él. No sé cuánto tiempo estuviste haciéndolo, sólo sé que dos pequeños orgasmos vinieron sucediéndose en mí cuerpo, como una marea de deseo sin fin.

De pronto me diste vuelta y volviste a penetrarme, pero esta vez con más violencia, tus manos golpeaban mis nalgas suavemente mientras yo suplicaba por más. Sentía cómo te hundías en mí ser, sentía como entrabas y salías. Mi mano bajó hasta llegar a sentir cómo tu sexo entraba en el mío, me detuve en mi clítoris y lo estimulé un poco mientras seguías embistiéndome, busqué el tallo de tu pene, lo toqué y estimulé mientras otro pequeño orgasmo venía a sacudir mi cuerpo.

Te alejaste un poco y tus dedos comenzaron a jugar en el entorno de mi ano, introdujiste un dedo y supe que estaba perdida, supe que no podría decirte que no, supe que si no lo hacías te iba a gritar suplicando hasta que lo hicieras.

Lentamente comenzaste a introducirte por mi ano, sentí dolor y placer a la vez, el dolor iba desapareciendo lentamente, así como ibas aumentando el ritmo. Mis orgasmos se fueron sucediendo uno tras otro, al igual que tus gemidos, hasta que explotaste al fin dentro de mi, tus fluidos mojaban mi sexo como nunca antes lo habías hecho.

Reposando uno al lado del otro, aún con ganas de seguir, supe que esa noche había valido más que cualquier otra noche de hace 10 años.

martes, octubre 23, 2007

LA DANZA DE KITTY, FINAL

- Veamos, gatita... juguemos al ratón y al gato.

Dijiste mientras me tomabas en tus brazos y me conducías, aún empapada por el baño, hasta la enorme cama.

Simplemente caímos juntos. Antes de que pudiera echarte de menos estabas de nuevo en mi interior, llenándome con tu carne, bailando entre mis muslos.
Tus manos, siguiendo la danza de mis pechos en tus ojos, se apoderaron de ellos mientras separabas tu cuerpo del mío. La danza de tus caderas se suavizó lentamente, dándome un pequeño respiro, para volver a la carga instantes después, acelerando el ritmo y la fuerza de tus embestidas iba a correrme de nuevo, estaba a punto, cuando frenaste casi en seco, acoplando tu ritmo al mío y dejando mis caderas bailando en el vacío. Moví frenéticamente mi pelvis, empujando contra la tuya, pero tus caderas se pegaron a las mías como una lapa... te sentía dentro de mí, llenándome con tu lava, pero no sentía el roce de tu miembro en mi interior. Lo intenté de nuevo, mi pelvis describía ochos, giraba, se retorcía en busca del contacto ansiado. El fastidio empezó a crecer en mi interior. Una nota del pasado comenzó a vibrar. De nuevo esa sensación de ser utilizada, humillada... pero tus ojos, clavados en los míos todo el tiempo, debieron adivinar aquella burbuja que ascendía desde mi interior, y abandonaste tu acople, liberando el ancla que nos mantenía unidos, justo cuando mi cuerpo se retorcía con más fuerza y desesperación. El cambio de sensaciones fue brutal y al segundo de sentir tu verga frotando con fuerza las paredes de mi vagina, un temblor incontrolable se apoderó de mí. Un nuevo orgasmo ascendió sacudiéndome de abajo a arriba, desde las uñas de mis pies hasta el vello de mi nuca, hundiéndome de nuevo en un mar de placer, cálido y desesperantemente lento. Rompí a sudar, mis gemidos fueron bajando de intensidad a medida que tú volvías a moderar tus movimientos, que no sé en qué momento de mi locura se habían vuelto tan salvajes, pero poco a poco volviste a dejarme meciéndome suavemente al compás de tus olas. La presión de tus dientes en mi oreja provocó en mí un pequeño respingo de sorpresa.
- Date la vuelta, gatita, me estás destrozando la espalda...
Hasta ese momento no me di cuenta de que mis uñas estaban profundamente clavadas en tu piel, y no pude evitar una sonrisa de satisfacción, rayando en el despecho. Ahora ambos estábamos marcados. Mis ojos se clavaron en tu garganta, justo encima de mi rostro. Te separaste justo a tiempo, pues una fuerza invisible me impelía a clavar mis dientes en ella... una sensación nueva para mí. Necesitaba imperiosamente mantenerme así, clavada en tí… como si mis uñas en tu espalda y mis dientes en tu garganta fueran el contrapeso necesario a ese miembro que se hundía en mi interior. Sólo pensarlo y furiosas contracciones empezaron a recorrer mis músculos vaginales. Luché contigo. Contra tí. Crucé mis piernas con firmeza alrededor de tus caderas. Mis manos te empujaban hacia mí, hundiendo las uñas más y más en tu carne mientras mi boca buscaba su presa. Cada vez que separabas tu cuello de mi boca, mis uñas se clavaban más, mis piernas te hundían más adentro, más profundo, más fuerte. Hasta que una mano grande y fuerte se apoderó de mi rostro. La tuya, que empujó mi cabeza contra la almohada, obligándome a mirarte a los ojos. Sonreías. Con sorna, con fiereza, desafiante.
- Bueno, bueno… así que Mi gatita se ha convertido en una pantera… ¡Juguemos!
Tomaste mi rostro y lo aprisionaste contra tu pecho. Rodamos por la cama. Ahora quedabas debajo de mí, tus manos, ahora fuertes y duras, sujetaban mis hombros, separando mi cuerpo del tuyo. Tuve que soltar la presa de mis piernas. Apreté con mis rodillas en tus costados evitando que me separaras de ti, pero mis garras seguían hundiéndose cada vez más en tu espalda. Más profundamente cuanto más me separabas de tí. Reías. Cualquiera diría que estabas disfrutando con aquello. Dejé caer mi peso con fuerza sobre tu verga, hundiéndome una y otra vez con brusquedad. Todo mi ser palpitaba al ritmo de las contracciones que recorrían mi húmedo interior. Volvimos a rodar. Aprovechaste ese momento en el que mi presa era más débil, tumbados sobre nuestro costado, para zafarte de mí. Salté sobre mis rodillas, enfrentándome a ti rugiente, excitada, fuera de mí. Ambos nos estudiamos unos instantes. Mi boca buscaba la tuya, necesitaba cerrar mis dientes sobre tus labios, hundirlos en tu garganta… giraste buscando mi espalda, pero yo te seguí rápida y volvimos a quedar enfrentados. El juego empezó de nuevo. Amagabas a mi derecha y yo hurtaba mi cuerpo a tu brazo fuerte, a tu mano grande y pesada, que retenías sin que yo acertara bien a saber por qué. Volvimos a girar, ahora hacia la izquierda. Amagaste un abrazo sobre mi espalda. Hurté mi cuerpo hacia la derecha, pero esperabas esa reacción y con un rugido de satisfacción, tus dedos se cerraron sobre mi pantorrilla, resbalaron en mi intento de zafarme, apresando con fuerza mi tobillo izquierdo y comenzaste a atraerme, para mi desesperación, de espaldas a ti. Sabía lo que intentabas, y estaba dispuesta a defenderme con dientes y uñas. En vano intenté girarme. A esas alturas ya habías capturado ambos tobillos, y no necesitaste demasiada fuerza para volver a darme la vuelta. Clavé las uñas en las sábanas, resistiéndome mientras tú tirabas de mí. Mientras aplicabas tu fuerza arrastrándome sobre las sábanas, recuerdo que te odié con todo mi corazón. Mi voluntad quería resistirse a tu empuje. Mi vagina, huérfana de ti, palpitaba pidiendo a gritos volver a tenerte dentro de mí. Y mi cabeza me decía que no era ese hueco el que buscaba tu verga, que veía en mi mente enrojecida y palpitante, dispuesta a empalarme. Aplicaste tu ventaja física paulatinamente, con firmeza, ajeno a mi resistencia. Mis uñas dejaban el rastro de tu propia sangre en las sábanas de seda. Las hundí con fuerza, pero de nada sirvió. El sonido de la seda al rasgarse acompañó el final de mi trayecto, hasta sentir tu glande rozar mis muslos. Aún me resistí unos segundos más y continué luchando incluso cuando sentí que tu objetivo no era aquél y empezaste a entrar en mi vagina. Debió ser ella la que envió la orden a mis manos, pues mi cabeza seguía resistiéndose cuando mis dedos aflojaron la presa en las sábanas. Abrir las manos y cerrar los músculos de mi interior. Como en un balancín, mi cuerpo pasó de apresar las maltrechas sábanas para abrazar a tu falo ardiente. Una mano fuerte y ancha se posicionó en el centro de mi espalda aplastando mi cuerpo contra la cama. Y de nuevo, fueron mis músculos internos los que, ajenos a mi propia voluntad, latieron, palpitaron, ondularon succionando tu carne, que sentía como un hierro al rojo que me abrasara. Sin moverme, sin moverte, por su propio movimiento, me alcanzó un nuevo clímax. Casi doloroso, luchó contra mi voluntad encorajinada que se rebelaba a ser tomada de esa forma, a perder el control, haciéndome aullar de placer y frustración.

Te aprovechaste de mí. Aprovechaste el momento en el que estuve entregada al placer para moverme, para elevar mis rodillas sobre las sábanas, debajo de mi cuerpo. Cuando quise percatarme de lo que ocurría, me tenías a tu merced, con las piernas bajo mi cuerpo y tus manos en mis caderas. Y entonces, iniciaste tus movimientos. Duros, rápidos, hasta alcanzar de nuevo un frenesí enloquecedor, que me lanzaron inmediatamente hacia un cuarto, quinto, hacia una secuencia interminable de subidas y bajadas, rendida totalmente al placer y al ritmo que tu cuerpo y mi deseo marcaban. No sé cuanto tiempo estuvimos así, cuanto duró aquella montaña rusa. Pero sí recuerdo cuando, tras una última oleada que agotó las pocas fuerzas que me quedaban, saliste de mí y me giraste, tomándome de los hombros para incorporarme. Me encontré sentada en el borde de la cama, exhausta, casi adormecida, con tu miembro rojo e hinchado frente a mí. Y no supe resistirme, o no quise, no lo sé. Cuando la cascada de tu semilla se derramó en mi garganta, tan sólo tuve fuerzas para luchar contra la asfixia, sólo pude luchar para evitar ahogarme mientras tragaba tu simiente que se precipitaba en mí a borbotones. Terminaste dentro de mí con un rugido, como el macho que se derrama dentro de la pantera. Durante el tiempo posterior que permaneciste dentro de mí. Sentí con alivio cómo tu tensión cedía, aliviando la fuerza que me ahogaba, hasta que ambos pudimos recuperar, poco a poco, el resuello. Tú, dentro de mi boca. Yo, con los labios pegados a tu pubis, inmersa en ese olor a sexo y placer. Poco a poco fuiste soltando la presión de tus manos en mi nuca, saliendo despacio de mí. Y entonces sucedió algo extraño, inesperado. Te arrodillaste en el suelo frente a mí, sin soltar mi cabeza. Tus ojos volvieron a los míos. Pero ahora, mi mirada agotada no encontró ante sí la tuya desafiante y dura, como esperaba, como te imaginaba. Todo lo contrario. Tus ojos irradiaban ternura, cariño. Tu boca se posó en la mía, haciendo caso omiso de aquello que resbalaba por la comisura de mis labios, para besarlos con delicadeza. Tus manos recorrieron mi rostro suaves, aleteantes. Tus brazos se cerraron en un abrazo cálido y tranquilo, dejando atrás en el olvido la batalla para devolverme a un limbo de besos y caricias, al que me abandoné agotada. Me condujiste con delicadeza al centro de la maltrecha cama, para abrazarme. Instintivamente, mientras tirabas del edredón para cubrir nuestros cuerpos sudorosos, me hice un ovillo entre tus brazos y cerré los ojos dejándome mecer por el oleaje de tus arrullos hasta que me quedé dormida.