miércoles, abril 03, 2013

Noche de Fiesta


La fiesta estaba por terminar, se había pasado la noche coqueteando con el hombre más guapo de todos y él había dado respuesta satisfactoria a sus insinuaciones.

Esa noche quería sentirse hembra y lo estaba consiguiendo.

-          Para donde vamos ahora?

Preguntó arrugando un poco la nariz como si no le importara la respuesta. Él la tomó por la cintura y le susurró al oído “Crees que no sé que quieres acompañarme a mi departamento?”

Fueron caminando pues estaban cerca. En el camino él no dejaba de tocarla lascivamente por debajo del abrigo. Ella reía cada vez que él le daba un pellizco en su trasero torneado y de vez en vez la mano de ella pasaba rozando levemente el cierre de su pantalón.

El departamento no era grande pero sí decorado con muy buen gusto. Apenas alcanzó a tener una visión general del espacio cuando él la tomó y violentamente la arrojó contra la pared y mordió sus labios antes de besarla.

Su pulso se aceleró, comprendió que esa sería una gran noche.

-          Vamos a ver putita qué tan buena eres en la cama…

Sonrió mientras acariciaba entre sus piernas sintiendo bajo la presión de sus manos como se iba poniendo cada vez más duro.

La siguió besando mientras se sacaban frenéticamente la ropa, necesitaban sentir sus cuerpos, sentir el roce de sus pieles hambrientas de caricias.

Tomó los senos en sus manos y los acarició suavemente para luego morder los pezones turgentes, uno primero y el otro después mientras ella daba pequeños gemidos de placer. Sentía como se mojaba lentamente preparando su cuerpo para recibirlo.

Se alejó, la miró y ella comprendió lo que quería.

Se arrodilló frente a él y lentamente desabrochó su pantalón hasta que descubrió su pene erecto, duro, grande, esperando por su boca. Comenzó a chuparlo lentamente, a los pocos segundos él la tomó por el cabellos y la empujó atrás.

-          Chupa bien puta…

Dijo mientras le daba una cachetada que la excitó aún más.

Continuó chupando con mayor frenesí. Lamiendo de un lado para otro, saboreando la piel tersa, sintiendo el olor que emanaba de su piel. Nuevamente él la detuvo. Le dio otra cachetada y le dijo “Así no, así!” mientras sujetaba su cabeza e introducía su pene casi por completo en su boca. Se movía frenéticamente y ella sentía que se ahogaba, algunas lágrimas salieron por sus ojos lo que hizo que él se detuviera.

-          No llores puta, ahora verás lo que es bueno…

Sintió miedo frente a esas palabras, pero estaba lo suficientemente excitada como para dejarse llevar y ver qué más le esperaba.

La llevó hasta la cama, le sacó la falda y su pequeña ropa interior, la obligó a subir a la cama apoyando su cara contra la almohada, levantó muy bien su cola con las piernas abiertas dejando a la vista toda su concha húmeda.

Deslizó un dedo para comprobar lo húmeda que estaba, luego dos, masajeó por un rato el clítoris e intempestivamente hundió dos de sus dedos mientras ella gemía de placer. Como macho en celo sacó los dedos y tomó el olor que en ellos había quedado antes de pasarlos por la boca de ella “Toma, esta eres tu” ella chupó sintiendo su olor y sabor.

Con sus manos abrió aún más sus nalgas para poder ver bien todo lo que le esperaba. Comenzó a lamer el clítoris, pasaba su lengua en suaves círculos, de abajo hacia arriba y viceversa. Su lengua comenzó a explorar aún más allá llegando a su culo. Era muy limpia, pensó, no tenía olores desagradables, solo el olor a hembra que lo mantenía loco.

Siguió chupando su intimidad por completo mientras de cuando en cuando metía sus dedos en su conchita, hasta que en un minuto comenzó a meterle suavemente un dedo por el culo. Ella pegó un pequeño salto mientras un grito ahogado salió por su garganta.

“Tranquila” le dijo mientras le daba una palmada, “no te pasará nada que ya no hayas hecho” El gemido dio paso a una risa nerviosa. Más gemidos llenaron la habitación cuando él continuó lamiendo y metiendo sus dedos, explorando su interior.

Sentía que iba a explotar en cualquier momento, bajó su mano para sentir lo hinchado que estaba su clítoris y sin dudar le rogó que la cogiera de una vez por todas.

Se detuvo, se hincó detrás de ella y le dio una buena nalgada que la hizo gritar, antes que se diera siquiera cuenta él la embistió con fuerza, con tanta fuerza que nuevamente gritó pero esta vez de placer. La golpeaba con sus muslos mientras se movía ferozmente detrás de ella. Hacía tiempo que un hombre no la trataba así. Como una verdadera puta, como una perra.

“Soy tu perra” comenzó a decir muy suave “Qué dijiste?” “Soy tu perra” “Más alto” “Soy tu perra!” gritó desaforada, sintiendo que no podía más. Estaba a punto de correrse y él lo notó.

“No tan rápido” sacó su pene mientras ella jadeaba más que nunca, sabía que necesitaba acabar, bajó una mano a su clítoris para darse un poco de placer pero él la detuvo. Acarició sus nalgas redondeas y las golpeó un poco para luego volver a hundir un dedo suavemente en su culo, luego hundió dos… “Por favor…” alcanzó a decir justo antes que él comenzara a meter su pene en su culo. “Ahora sí putita, tócate…”

Entraba y salía suave de su culo mientras tocaba su clítoris, metió un dedo en su concha, estaba húmeda y caliente, luego metió dos dedos y sintió en su interior cómo él entraba y salía de su culo.
Entonces perdió la noción del tiempo, sólo era él su pene entrando por su culo y sus dedos en su concha. De pronto sintió un estremecimiento, él se detuvo un poco y gritó mientras ella se retorcía de placer bajo su peso.

Ambos cuerpos yacían uno al lado del otro bañados en sudor y sexo “Qué rica puta me encontré” le dijo mientras ella mordía suavemente el lóbulo de su oreja.

miércoles, agosto 08, 2012

Pasión sin Límite


El invierno no parecía acabar nunca. Nunca le había gustado el invierno y este en particular había tenido demasiados problemas como para que comenzara a gustarle. Siempre tenía la impresión que el verano y su calor hacía que los problemas se alejaran con una facilidad abrumante y eso le encantaba. Aún cuando hubiese gente que la tratara de tonta por eso.

Poco importaba, al fin y al cabo mientras otras personas se preocupaban de su inteligencia ella lo pasaba bien.

Sin darse cuenta ya había llegado al pequeño y confortable apartamento que disfrutaba en un sector alejado del bullicio y con una magnífica vista. No hizo más que entrar y sentir que su teléfono móvil sonaba.

-          ¿Estás preparado para mí? ¿Eso crees? Sube, te espero.

Siempre era bueno tener un amante que la sacara del aburrimiento. Pero este en particular le gustaba mucho pues sabía exactamente lo que a ella le excitaba y lo que la hacía feliz.

Se quitó la ropa, iba a dejar su ropa interior puesta y luego pensó ¿para qué? Al final igual iba a quedar desnuda. Dejó la puerta junta y se fue a tender a la cama y lo esperó ansiosa.

Se demoró en subir hasta el departamento, quería que ella lo esperara un poco más. Se sentía excitado, se aseguró de estar lo suficientemente excitado tocándose mientras subía el ascensor. Quería que ella viera el deseo que tenía de poseerla.

Iba a tocar la puerta cuando se dio cuenta que la puerta estaba entreabierta, Dijo su nombre en voz alta y sintió una risita ahogada que venía desde su habitación. Instintivamente supo que ella ya estaba lista para él.

Cuando lo vio entrar a su habitación abrió sus piernas “Te estaba esperando ¿por qué tardaste tanto?” La mano de él comenzó a subirle por las piernas y violentamente hundió un dedo en su interior lo que le arrancó un pequeño grito. Estaba húmeda y excitada, tomó su muñeca para que no pudiera retirar la mano de su interior.

“¿Quién es mi putita?” le preguntaba mientras su mano jugaba a dibujar en la vagina húmeda y caliente, esa vagina que lo volvía loco. Ella apenas podía hablar de placer pero él insistía en la pregunta “¿Quién es mi puta?” le gritó. “Yo” alcanzó a decir antes que él sacara su mano, la agarrara firmemente del pelo y la obligara a chupárselo.

Amaba hacer eso, tenía el tamaño perfecto para su boca y le encantaba su sabor. De pronto él la tomó del pelo y la hizo mirar hacia arriba “Abre la boca” ella obedeció y sintió como él dejaba caer su saliva sobre su cara. Sintió ganas que la violara pero no funcionaría pues estaba excitada al máximo, tanto que con sus dedos tocaba su clítoris y se los metía repetidas veces esperando el momento en que él estuviera dispuesto a montarla.

“Ponla entre tus senos” se tendió en la cama y dejó que ella pusiera su pena entre sus senos, con sus manos los sujetaba para que el viera y sintiera sus senos, de vez en vez trataba de alcanzarlo con la lengua pero no podía.

Nuevamente y sin aviso la agarró del pelo y la obligó a abrir la boca, escupió en ella y la obligó a seguir chupando su pene, la tomó por la cabeza y no la soltó. Ella sentía que le faltaba el aire pero no podía moverse, no podía gritarle que la soltara.

De pronto sintió como la piel de él se tensaba, había llegado su momento y ella estaba dispuesta a recibirlo. Pero la soltó antes y comenzó a acariciarle los senos mientras se calmaba un poco. No quería que esto fuera sólo para él, quería llevarla a la gloria con él.

Mientras él la acariciaba ella llevó sus manos a su clítoris, pero él fue más allá e introdujo un dedo en su ano mientras ella seguía jugando en su interior.

La puso de lado y comenzó a embestirla con mucha fuerza, la primera embestida le sacó gritos de placer, sentía que su deseo era tan grande que no iba a acabar nunca. Su mano se deslizó y la puso de tal forma que lo sentía entrar y salir, tenía la pierna levantada para que él pudiera penetrarla hasta el fondo.

La puso de rodillas y entendió la posición, apoyó sus manos en el respaldo y él abrió sus nalgas, pasó su lengua entre vagina y ano lo que la volvió loca. “Quédate quiera” le había ordenado justo antes de penetrarla en forma anal.

Sus gritos aumentaron, mezcla dolor y placer, hasta que sintió la explosión en su interior. La besó largamente mientras su mano sentía los fluidos que se deslizaban por sus piernas. Le dio una palmada y la mandó al baño. “Prepárate, que tengo más para ti”

miércoles, abril 18, 2012

Campo de Cereza


El viaje había sido largo, pocas veces salía de la ciudad y manejaba tantos kilómetros. Esperaba que el sacrificio valiera la pena.

La antigua casona estaba como siempre, entre palmeras y viejos árboles. Se bajó del auto y notó que no había nadie en la casa. La puerta estaba como siempre abierta, sólo la perra policial apareció moviendo lentamente su cola.

El olor a naturaleza la volvía loca, hacía que se sintiera conectada con su interior. Caminó por el sendero que la condujo hasta los árboles de cerezos, la fruta ya estaba madura y después de algunos metros se detuvo y comenzó a comer las cerezas maduras que colgaban por todas partes.

No sintió detrás de ella unos pasos que se acercaron cautelosos.

Rod la tomó por la cintura haciendo que se sobresaltara, la giró sobre su eje y la besó largamente.

Lily echó hacia atrás su cabeza y rió. Era una perfecta bienvenida: Rod vestido con ropas de trabajo, con la mezcla perfecta entre los olores de la naturaleza y de macho que quiere poseer a su hembra.

-          ¿Disfrutando de mí fruta, pequeña ladrona?

Un brillo especial había en los ojos de Rod, ese brillo que acompaña a la casería del macho.

Lily tomó otra cereza y la llevó a su boca sin dejar de mirar a los ojos de Rod y sin decir ni una sola palabra. Entonces Rod impulsado por el deseo que lo consumía desde el minuto que vio desde lejos la diminuta figura de Lily deslizarse por la hilera de cerezos, tomó una cereza madura, la apretó en su mano y luego la pasó por los labios de Lily para luego besarla apasionadamente.

El sabor de la fruta madura entre sus labios provocó que Lily sintiera el impulso inmediato de arrodillarse frente a ese hombre y tomar entre sus manos lo que consideraba suyo. Pero se detuvo.

Lentamente Rod comenzó a besar su cuello mientras desarrollaba los botones de su blusa, quitó el pequeño corpiño y tomó en sus manos esos senos con pezones turgentes que venían a él en sueños. Tomó más cerezas que estrujó en sus manos y luego masajeó los senos de Lily suavemente para terminar pasando su lengua suavemente por cada uno de ellos, los lamía y mordía suavemente provocando en Lily oleadas de placer.

Lily trataba de contener los gemidos que pugnaban por salir de su garganta cada vez que Rod mordía uno de sus pezones. Los hombres no saben cuánto placer provocan esos pequeños mordiscos, a veces se toman los pezones con demasiada delicadeza, pensaba Lily, mientras alababa que Rod fuera un poco más  brusco que los típicos amantes citadinos.

Rod hundió su mirada en los verdes ojos de Lily y comenzó a soltar su cinturón, invitando a Lily a continuar. Se arrodilló frente a él y terminó el trabajo. Lily vio el glande hinchado por el deseo y pasó su lengua por él haciendo círculos a su alrededor haciendo gemir a Rod de deseo.

Rod puso en la mano de Lily algunas cerezas, comprendió lo que quería, las aplastó como pudo y masajeó el miembro viril que se le presentaba como la mejor de las frutas, lamió la fruta a su alrededor, lo introdujo lentamente en su  boca para saborearlo hasta el fondo para luego seguir con suaves movimientos de adentro hacia fuera, levantaba su pene para alcanzar con su lengua la parte más baja y pasaba a chupar sus bolas sabrosas a cereza, con una mano lo masajeaba mientras apretaba con sus labios ese glande que la tenía loca mientras que con la otra mano masajeaba los glúteos de Rod, en un impulso salvaje trató de penetrarlo con uno de sus dedos en el ano pero temió que él se asustara, hizo círculos a su alrededor sabiendo el placer que él estaba sintiendo con esos movimientos.

lunes, marzo 12, 2012

Noche para Tres

- Vamos, te lo voy a presentar

Se sentó en el asiento del auto mientras su amiga Caro dirigía una mirada furtiva hacia la casa de sus tías quienes las despedían rogando que tuvieran un buen viaje de regreso a Santiago.

- Te advierto, tienes que tener cuidado con Rod


Las advertencias estaban de más, Lily estaba acostumbrada a tener que lidiar con patanes y hombres que se le acercaban por una sola razón. Trataba de ocultar lo más que podía ese instinto animal que los hombres percibían en ella. El deseo la consumía por dentro, en sus sueños, en sus pesadillas, durante todo el día no pasaba más de una hora sin que ella se detuviera a pensar en sexo.

- ¿Estás segura que es por aquí?

Habían recorrido ya un buen tramo de un camino de tierra rodeado de plantaciones y Caro no daba con la casa, existía la posibilidad que no diera con ella pues todo había cambiado después del terremoto hacía ya dos años y Caro no iba a esa casa desde hacía ya mucho tiempo.

Se detuvieron frente a una casona antigua, aparentemente esa era la casa. Entraron en el auto pero parecía que no había nadie. Caro golpeó la puerta varias veces mientras Lily permanecía de pie junto al auto. El viento era agradable, el sol de la tarde golpeaba su rostro pero no le molestaba.

De pronto el viento trajo a ella voces a lo lejos.

- Mira por el costado, sentí voces desde ese lado

Caro se encaminó al otro lado de la casa y pronto se sintió las risas. Lo habían encontrado.

Lily vio acercarse un hombre alto y sonriente. Se levantó los lentes oscuros para verlo mejor y su sangre dio un salto en su estómago. Era lo que ella esperaba: alto, las canas ya habían comenzado a aparecer en sus sienes, un hombre interesante… muy interesante.

Pasaron al corredor preparado como pequeño salón y comenzaron a conversar. Caro y Rod tenían mucho que hablar y Lily sólo se limitaba a escuchar la conversación.

- ¿Ustedes están apuradas?

El viaje terminaba ese día, pero no era necesario volver ese mismo día por lo que decidieron quedarse. Rod era un buen anfitrión, fueron al pueblo a comprar algunas cosas para comer algo juntos y regresaron al campo.

La fogata bajo los árboles y el olor a la carne que se asaba lentamente traían a su mente muchas ideas, sentimientos que eran aumentados por el dulce sabor de un vino que desaparecía rápidamente en sus labios.

Sus ojos se detenían a veces en los de Rod provocando diversas sensaciones ¿Cómo sería pasar la noche con ese hombre? ¿Sería tan perturbador como ese par de ojos negros que a cada cierto rato se detenían en ella?

Caro hablaba y hablaba, dejando a Lily sumida en el silencio, incluso a veces haciéndola sentir torpe pues poco podía aportar en ella.

De pronto Caro se levantó y decidió entrar en la casa mientras Rod iba en busca de una tercera botella de vino, el sol ya se había entrado y la luna llena se asomaba ya por la cordillera.

Se demoraron no más de cinco minutos “¿Se notó mucho?” le preguntó Caro, dejando entrever que ya algo había entre ella y Rod. Lily rió porque no pensó que su amiga fuese tan evidente. “Se demoró muy poco” cinco minutos es muy poco para ella, Lily necesitaba más tiempo para sólo darse un par de besos.

Siguieron comiendo y tomando, de pronto Rod se levantó pidió permiso e internó a Caro en la oscuridad de la noche. Volvió a sentirse algo tonta, ahí sola, en un lugar que no era el de ella.

Al regreso Caro entró nuevamente en la casa y la dejó sola con Rod, comenzaron a hablar un poco de ella y un poco de él. Hasta que de pronto él se levantó y le dijo “Acompáñame”

-         ¿Para qué? Ya tuviste a Caro… no creo que me necesites a mí.
-         Acompáñame…

Esta vez no se pudo negar, su corazón latía y sentía el deseo desbordándose por su piel. Caminaron un tramo del camino, de pronto él la tomó y sin decir nada, sin siquiera una caricia o un beso él la tomó por la cintura y rápidamente desabrochó su pantalón y la puso contra la cerca.

Lily no alcanzó a decir nada cuando sintió la primera embestida, furiosa, salvaje, como si llevara mucho tiempo esperando por ese momento. Tuvo que hacer esfuerzos para que sus gemidos no salieran de su garganta y no alertaran a Caro de lo que estaba pasando, de pronto sintió la esperada explosión en sus entrañas. Algo exhausta se dio vuelta para arrodillarse frente a él y poner en su boca su miembro.

Era tal como lo había sentido: grande, sabroso, el olor de su piel se confundía con los de la naturaleza y la luz de la luna a sus espaldas no dejaban que ella viera su mirada.

La levantó y la volvió a poner contra la cerca para continuar con su faena, el dolor mezclado con el placer y los intentos porque sus gemidos no se escaparan hicieron que Lily hundiera su mano derecha entre las espinas de una rosa, era su salvavidas para no gritar de placer por segunda vez.

Deben haber estado unos 15 a 20 minutos según lo que ella calculó, a su regreso Caro no estaba. Rod fue a ver dentro de la casa y encontró a Caro durmiendo en un sofá en el corredor.

Continuaron tomando y hablando apenas unos pocos minutos más cuando él la invitó a su cama a dormir. Lily no lo pensó mucho, se levantó y fue tras él.

La habitación estaba al lado del corredor y no tenía puerta. Rod aún no terminaba de arreglar la casona de sus padres que ahora le pertenecía y una de las cosas que faltaban eran las puertas en los dormitorios.

Rápidamente se sacaron la ropa y se tumbaron en la cama. Rod quería un masaje en la espalda y a Lily le encantaba hacerlo, siempre le había gustado tener el placer de pasar sus pequeñas manos por la espalda de un hombre fuerte, sentir sus músculos distenderse lentamente hasta que el cansancio lo hizo dormir. O por lo menos eso pensó ella.

A penas se acomodó a su lado él la atrajo hacia él penetrándola nuevamente. No necesitaba que él hiciera ningún juego extra, hacía mucho rato que el deseo la inundaba y lo único que quería era sentir su gran miembro dentro de ella, empujando una y otra vez, buscando en su interior el punto exacto donde hacerla estallar.

Una, dos, tres… Lily perdió la cuenta de sus orgasmos, siempre había sido así: una pequeña gatita multiorgásmica, una vez que comenzaba, le costaba detenerse.

Durmió a su lado, sintiendo los ruidos de la noche, cada crujido la hacía abrir los ojos y sentir como Rod la mantenía abrazada mientras dormía. De pronto los pasos de Caro hicieron que se tensara su cuerpo. Sintió que la había traicionado.

Caro entró a la habitación y los vio dormidos, abrazados y desnudos. “Maldición, esta puta me ganó” se encaminó hacia otra habitación mientras pensaba cómo vengarse de Lily.

Podría dejarla abandonada en ese pueblo, podría humillarla frente a Rod, podría hacer muchas cosas… sus pensamientos iban y venían hasta que finalmente se quedó dormida.

De pronto un movimiento en la cama hizo que Lily se despertara, las manos de Rod la acariciaban, tomaban sus pechos y los apretaba repetidas veces, luego sus manos bajaron hasta su sexo y ella sintió nuevamente la primera embestida.

Con fuerza, una y otra vez, adentro y afuera, ella tenía pequeños orgasmos mientras el interior de su vagina apretaba su miembro provocando oleadas de placer. La puso boca arriba y cubrió su cuerpo con el de él mientras seguía moviéndose frenéticamente a un compás que cambiaba tan frenéticamente como sus ganas. Rod tomó una pierna de Lily y la levantó para poder entrar con más fuerza, el placer era inmenso, casi incontrolable.

El reloj despertador sonó con fuerza, Lily lo tomó y trató de apagarlo pero no pudo, unos minutos más tarde volvió a sonar y se lo pasó a Rod para que lo detuviera. Se acomodó a su lado para seguir descansando pero Rod quería más, necesitaba sentir nuevamente el calor de Lily en su miembro.

Se arrodilló de espalda a ella y la obligó a poner sus caderas en alto mientras hundía su cabeza en las almohadas, Rod comenzó nuevamente a embestirla con fuerza mientras Lily ahogaba sus gemidos en el colchón. Lily quería que la golpeara en las nalgas, siempre le gustó esa posición, siempre le había gustado que en el paroxismo y el desenfreno del sexo la golpearan, pero él no lo hizo.

Se arrulló a su lado y siguieron durmiendo un rato más, hasta que de pronto los pasos de Caro por el pasillo hicieron que volviera a despertarse.

Rod se incorporó en la cama y la invitó a acostarse a su lado, no habían pasado más de cinco minutos cuando Lily se dio cuenta que Rod comenzaba a embestir a Caro al lado suyo. No supo reaccionar, no se movió mientras sentía a Rod moverse acompasadamente mientras la respiración de Caro iba en aumento. De pronto sintió como la mano de Rod se deslizaba por su cadera hasta llegar a su clítoris, hundió repetidamente sus dedos en su vagina, haciendo que Lily comenzara a moverse acompasadamente al mismo ritmo de él y de Caro.

La mano de Rod seguía en uno de sus senos y lo apretaba repetidas veces, haciendo que Lily no se moviera, el deseo crecía dentro de ella así como la turbación que le provocaba escuchar el sonido de la boca de Caro en el miembro de Rod, ese sonido inconfundible del sexo oral la excitaba lo suficiente como para que se diera vuelta y comenzara a besarlo en la boca.

Él la miró “Chúpamelo” le dijo en un susurro a lo que Lily se negó. Una parte de ella quería entrar en el juego. Se dio vuelta en el preciso instante que Caro se acomodaba al lado de él para descansar, Rod se dio media vuelta, la tomó por la cintura y comenzó a penetrar nuevamente a Lily.

Sus sentimientos encontrados hacían que Lily no supiera bien qué hacer, simplemente se dejó llevar por el compás que exigía Rod, cada cierto tiempo la embestía con más fuerza, haciéndola encontrar el éxtasis.

Después de una pausa Caro se levantó para llamar por teléfono y dar instrucciones a su empleada en Santiago.

Rod estaba boca abajo y Lily comenzó a acariciar su espalda, comenzó a bajar lentamente hacia sus nalgas, su mano recorría ese cuerpo que ahora nuevamente le pertenecía solo a ella. Le pidió que se diera vuelta y pudo ver una sonrisa en los labios de Rod, su lengua comenzó a recorrer su pecho, se detuvo en uno de sus pezones y lo mordió suavemente para continuar bajando hasta su miembro aún erecto frente a ella.

Su lengua rozó la punta muy suave, lo estimulaba sólo con la lengua, de abajo hacia arriba y viceversa, metió en su boca una de sus bolas mientras percibía el olor a sexo que inundaba la habitación. Sin usar las manos metió el miembro de Rod en su boca y lo fue saboreando lentamente, su lengua presionaba el freno del prepucio, los gemidos de Rod la empujaban a continuar con más fuerza. Giraba su boca alrededor de su miembro, apretándolo suavemente con sus labios. Lo montó rápidamente haciendo girar sus caderas, urgiéndolo cada vez que se levantaba para qué él buscara su centro.

Sus caderas se movían salvaje sobre él mientras veía la expresión de deseo en su rostro, cuando sintió un nuevo orgasmo, puso su mano bajo la nuca de él para atraerlo y poder saborear su oreja mientras no paraba de moverse. Al segundo orgasmo se dejó caer a su lado, justo en el momento que Caro volvía a entrar a la habitación.

-         Estoy preparándome para volver a Santiago, no sé si te quieres quedar o te vas conmigo…

Lily inmediatamente dijo que se iba con ella, había un tono que no le había gustado y prefería irse antes que quedarse ahí para luego ser objeto de murmullos. Lily ya no estaba para esas cosas.

Se levantó y se fue al baño, sabiendo que Caro iba a terminar la faena que ella ya había comenzado.

Apenas salió de la habitación, Caro comenzó a acariciar el miembro aún erecto de Rod, su boca buscó la de él, hambrienta y celosa dejó que Rod la penetrara una y otra vez hasta que sintió que Lily salía del baño.

Ya en la carretera el silencio entre ambas se hacía a ratos insoportable, hasta que Caro rompió el silencio y le preguntó “¿Te dio su teléfono?” Lily sabía que Caro había dejado todos sus datos personales anotados en un papel en la mesa del comedor para que Rod se pusiera en contacto con ella, sabía que su amiga estaba celosa.

-         No ¿para qué?

Fue la escueta respuesta de Lily, no quería ahondar en el asunto. Volvió su cara hacia la ventana mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. En el momento de la despedida había deslizado en el bolsillo del pantalón de Rod su dirección de correo.

jueves, enero 05, 2012

Los Juguetes

Se había sentido excitada todo el día, tenía muchas ganas de encontrarse con alguien que se la llevara a la cama, le abriera las piernas con delicadeza y la embistiera con brutalidad.

Los buenos amantes se habían vuelto escasos, ya no se encontraban fácil como antes, otra vez se tendría que conformar con sus juguetes.

Hace años había comprado un vibrador, cada vez que lo veía entendía por qué no se conformaba con nadie, era demasiado grande comparado con el promedio normal. Encontrarse uno así de carne y hueso no sería fácil. También tenía un vibrador más pequeño para uso anal. Se volvía loca con ambos en la cama y esa noche no sería la excepción.

Esperó a que la noche estuviera quieta para sacar sus juguetes, los puso sobre la mesita del velador mientras buscaba la cámara. Quería ver la última video grabación que había hecho con su amigo intimo donde él la embestía duramente. Esa imagen la excitaba, escuchar los gemidos de ambos llenando la habitación la dejaban rápidamente con la entrepierna mojada.

Se quitó lentamente la ropa, como si alguien la estuviese mirando, coqueteando frente a ese nadie y tocando sus pezones que comenzaban a endurecerse.

Levantó una pierna y la apoyó en la cama para poder llegar con mayor facilidad a su sexo, acarició su clítoris mojado y luego llevó esos jugos a su boca, el olor y el sabor la excitaron más. Estuvo tentada en comenzar a introducirse el vibrador más grande, pero significaría que acabaría pronto. Se detuvo un momento para encender la cámara y ver las imágenes.

El sonido, era eso lo que más la excitaba, más que las imágenes.

Se acostó boca arriba y comenzó a explorar su sexo, siempre lo hacía como si fuera la primera vez. Introdujo lentamente un dedo y sintió su calor. Luego introdujo dos dedos y los movió lentamente en su interior.

Al sacarlos los pasó suavemente por su ano, haciendo círculos sobre él, tratando de dilatarlo poco a poco, preparándolo lentamente a lo que venía.

Tomó el vibrador más pequeño y le puso un poco de gel íntimo, lo acarició para esparcirlo mientras sus piernas se movían de un lado a otro, con impaciencia, esperando ansiosa por lo que venía. Puso sus piernas de lado y comenzó a introducirlo por su ano lentamente, un poco adentro, luego un poco afuera, hasta que quedó completamente adentro.

El placer de la sensación la tenía vuelta loca, quería eso y mucho más.

Lentamente abrió sus piernas e introdujo el vibrador más grande en su vagina y lo encendió primero lentamente, luego más rápido, sus gemidos se comenzaron a escuchar por la habitación mientras hábilmente no dejaba que ninguno de los dos vibradores escaparan a su posición, dándose placer una y otra vez, hundiéndolos y soltándolos, moviéndolos de un lado para el otro hasta conseguir el éxtasis.
Las oleadas de placer inundaron su ser, con su mano sintió cómo su clítoris se hinchaba y la explosión fue sublime, tan sublime que después del placer máximo, seguía sintiendo puntadas mezcla de placer y dolor en el clítoris.

Exhausta apenas pudo sacarse sus juguetes para dejarlos en la mesita y darse vuelta a dormir.

martes, diciembre 27, 2011

Viejos Amigos


El calor de la tarde aún se hacía sentir cuando estacionó el vehículo fuera del edificio. La moto ya estaba en su lugar, señal que podía anunciarse y subir.

Se habían pasado la tarde enviándose picantes correos sobre lo que ella quería hacerle y sobre lo que él esperaba que ella le hiciera.

Entró sintiendo al caminar como su sexo estaba listo y dispuesto a lo que venía. El conserje la miró, ya estaba acostumbrado a anunciarla y verla salir apenas 15 minutos después con el pelo algo desordenado.

Subió las escaleras y una niña lloraba “Maldición!” pensó, ese tipo de episodio podría bajarle la libido que estaba en su punto máximo después de haberse estado toqueteando en cada semáforo rojo.

Él abrió la puerta y ella no lo saludó, ni siquiera lo besó, se abalanzó como loca a su pantalón y lo tocó. Estaba duro y erecto, tal cual ella lo esperaba.

Rápidamente soltó su cinturón y comenzó a despojarlo de su ropa. Se arrodilló sin que él se lo pidiera e introdujo esa tremenda polla en su boca, con ganas, con ansias, como si fuese un vagabundo perdido en el desierto que encuentra su oasis.

Los gemidos de él no tardaron en venir “¿Quién es mi puta?” preguntaba mientras ella no se detenía a responder. Quería comerlo entero, quería sentir ese olor en su cara.

De pronto él la obligó a detenerse, iba a acabar… “aún no” pensó, pero esos no eran los planes que él tenía para ella, no todavía.

La obligó a pararse y la tiró a horcajadas boca abajo sobre la mesa mientras le bajaba la ropa interior “¿Esto es lo que querías, verdad?” le gritaba al oído mientras la primera embestida le robó un grito ahogado. “¿Esto es lo que te gusta, verdad?” mientras seguía golpeándola una y otra vez hasta hacerla acabar.

Exhausta, se volvió a arrodillar frente a él para terminar la faena. Lo succionaba con ganas, como si fuera su trofeo. Lo metía hasta el fondo de su garganta, pasaba la lengua por su glande dándole suaves golpecitos. Hasta que de pronto él la empujó un poco hacia atrás. Ella permaneció con la boca abierta esperando ese delicioso líquido caliente.

Tenía un sabor agridulce que ella ya conocía, el semen saltaba dentro de su boca “Hoy es más que la semana pasada” pensó, mientras caía en su boca, su cara y sobre sus senos. Mientras él gemía de placer al ver como ella jugaba con su semen en la boca, con sus manos recogía lo que había caído sobre sus senos para llevárselo a la boca y disfrutar de ese calor y ese olor que la acompañaba hasta el anochecer.

Rápidamente se incorporaron, recogieron la ropa tirada por todo el comedor, se vistieron y sólo en ese instante se saludaron como los dos viejos amigos que eran.

jueves, febrero 24, 2011

Un Paseo

Quiero dar un paseo por tu cuerpo, un paseo que me lleve hasta los lugares más recónditos y descubrir miles de fuentes de placer.

Arrodillarme frente a ti, acariciar tus nalgas firmes, sentir tu timidez ante mis manos ávidas de tu cuerpo.

No me resisto y el sonido de un par de fuertes nalgadas cruzan el aire, seguidas por un pequeño gemido que escapa de tu boca.

Mi boca no se demora en acercarse para acabar con el escozor, mi lengua traza círculos por tus nalgas mientras mis manos alcanzan tu pene ya erecto.

Mi lengua no se cansa de sentir el sabor de tu piel, sentir el calor bajo las palmas de mis manos mientras lentamente vas girando para dejarme tu orgulloso pene justo frente a mi boca.

La vista de tu órgano provoca pequeños espasmos en mi clítoris al imaginar todo el placer que me entregará. Pero primero es mi turno de entregarte placer.

Abro mi boca mientras con mis ojos busco los tuyos, quiero ver tu cara de placer al sentir el calor y la humedad de mi lengua que juega por la punta de tu pene. Lo introduzco casi completo, subo y bajo, una y otra vez, urgiéndote a moverte acompasadamente siguiendo el ritmo de mi boca.

Mis manos buscan debajo de tu pene, te recorren y oprimen levemente tus bolas. Mientras me voy lubricando rápidamente y sintiendo cada vez más ganas de sentirte dentro de mí.

De pronto me jalas hacia atrás, sé que ya es el momento y abro mi boca lo más que puedo, tu semen comienza a caer sobre mi lengua mientras trato de no perderme ninguna gota de este tibio líquido de sabor indescriptible que baja por mi garganta.

Sabes que eso para mí no es suficiente, limpias mi boca con tu mano mientras con la otra me incorporas, me das vuelta y de una palmada me mandas al baño a lavarme mientras descansas un poco para continuar.

Regreso a los pocos minutos, estas tendido sobre la cama de sábanas blancas esperando por mi cuerpo. Mi cuerpo te desea, mis ojos se clavan en tu sexo, esperando verlo más erguido para poder montarte.

Acerco mis senos a tu boca que gustosa recibe el regalo de sus botones erguidos. Los tomas suavemente entre tus labios y los oprimes lentamente mientras tu lengua los repasa enérgicamente.

Mi mano baja por tu cuerpo hasta llegar a tu pene y comprobar así que ya estás dispuesto a sentirte dentro de mí.

Ansiosa abro mis piernas y me dejo caer lentamente, sintiendo como comienzas a penetrarme suavemente para luego comenzar en un movimiento rotatorio de mis caderas mientras subo y bajo.

El placer no tarda en llegar y hacerme explotar mientras miro tus ojos entrecerrados disfrutar el momento. Una sonrisa de placer se instala en mi cara, mientras bajo un poco la energía de mis movimientos para recuperarme y continuar un poco más.

Un poco más adentro, siempre un poco más adentro, luego afuera, sintiendo mis senos balancearse a un ritmo frenético, rozando a veces levemente tu pecho.
Un segundo orgasmo y decides cambiar de posición.

Me encanta sentir tus embestidas desde atrás, pero esta vez lo haces diferente. Me obligas a bajar la cabeza hasta las sábanas y dejas sólo mi cola en alto, no te mueves y me pides a mí que lo haga.

Nunca había sentido un orgasmo como ese… ha sido lo más parecido a los orgasmos que me provoco yo misma estando sola.

miércoles, noviembre 10, 2010

El Inicio

El final del día se acercaba, era ya casi la hora de salir y tenía una cita a ciegas: era alguien que no conocía en persona, pero que llevaba un tiempo hablando con él a través de la web. Nos íbamos a juntar cerca de mi trabajo pues su departamento quedaba a pocas cuadras.

Crucé el río impaciente, había sido uno de esos extraños días de sol en pleno invierno, de esos días que uno añora mirando por la ventana mientras llueve, por lo que la temperatura era inusualmente más alta a esa hora.

Él estaba ahí, de pie mirando y buscándo con la mirada, tratando de reconocerme entre la multitud. No sé si lo reconocí yo primero o no, pero lo cierto fue que de pronto nuestras miradas se cruzaron, sonreímos y nos fuimos caminando por la calle a tomar un trago.

Pasamos un par de hora conversando y riendo, hasta que miré mi reloj y le dije que me iba a casa. "Espera - me dijo - vamos a mi departamento y luego te voy a dejar al auto"

Acepté sabiendo que su invitación tenía un doble propósito. Pero lo acepté. Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre y necesitaba volver a sentir.

Su departamento era pequeño, de esos típicos de hombres solteros. Me senté en un sillón mientras me preparaba un café. Lo sorbí lentamente mientras lo miraba, no sé qué me decía, sólo observaba.

Se me acabó el café, dejé la taza en la mesa, entonces él se acercó y comenzó a besarme. Primero lentamente, luego fuimos aumentando de intensidad. Su lengua entraba en mi boca buscando el néctar de mis besos y yo dejaba que me acariciara sin pudores.

¿A quién le podría hacer daño un simple touch'n go?

Se levantó frente a mi, lo miré a los ojos y busqué su cinturón. Lentamente comencé a desabrocharlo, luego fue el turno de sus pantalones. En pocos instantes tenía frente a mi su falo erecto, rosado, lo suficientemente grande como para que no entrara por completo en mi boca.

Ávida de tenerlo comencé a chuparlo, lentamente pero a la vez firme. Mis manos jugaban con él mientras mi lengua lo recorría completo. Traté de introducirlo completo en mi boca pero no pude, sus roncos gemidos despertaban mi pasión a cada embestida que le daba con mi boca. De pronto se echó para atrás y acabó con fuerza.

"Vamos a la cama" Susurró en mi oído.

Sin pudores me quité la ropa y me metí en su cama.

Comenzó a acariciarme lentamente, primero mi cabeza, luego puso su mano en mi cuello y lo apretó suavemente. Cuando llegó a mis pezones instintivamente abrí un poco más mis piernas, sabía que pronto llegaría hasta mi templo y el placer sería infinito.

Su lengua comenzó a rozar mis pezones, los alternaba para luego morderlos suavemente. Mientras yo le acariciaba la cabeza y su espalda.

Siguió bajando hasta llegar a mi clítoris. "Abre más las piernas" ordenó. Hundió su cabeza en mi tan rápidamente que me hizo gritar de asombro, para luego pasar del asombro al placer.

Su lengua experta se paseaba a lo largo de mi vulva, tomando el clítoris y haciendo círculos alrededor de él. Puso uno de sus dedos en la entrada de mi vagina mientras mordía mi clítoris. Quería más, quería tenerlo dentro.

Como si leyera mis pensamientos se incorporó, sin decirme ninguna palabra hizo que me pusiera con mi cola bien parada. Metió uno de sus dedos primero, luego dos, hasta que de pronto sentí su primera embestida.

Mis gritos de placer llenaron la habitación. Podía ver a través de mis piernas las suyas y sus bolas como se balanceaban hasta chocar contra mi cuerpo. Tomó mi pelo y me obligó a levantar la cabeza mientras sentía sus gemidos confundiéndose con los míos.

Le pedí que me diera de nalgadas, primero fueron unas palmadas suaves que fueron subiendo de intensidad al igual que el deseo y placer que me iba inundando.

De pronto supe que iba a llegar a mi climax, mis caderas comenzaron una loca carrera contra las suyas hasta que exploté de placer. Él no se demoró mucho más y explotó dentro de mí.

Tendida en la cama boca arriba se puso de lado, su mano tomó mi garganta y me dijo "Ahora eres mía"

Supe que ese era sólo el inicio de muchas veladas más en ese departamento.

miércoles, marzo 24, 2010

Atrevete

Atrévete de una vez a tomarme por los hombres y acercarme a tu cuerpo, no como un amigo que consuela, sino como un amante. Hombre dominante, que hace conmigo lo que desea.

Te miro y deseo atreverme a llegar con mis manos hasta tu bragueta, bajarla lentamente mientras miro directo a tus ojos que penetran los míos, desnudándome antes de tiempo.

Tu piel cálida emana aún más calor haciendo que de ella salga un aroma que me me provoca sensaciones, ahí, donde una mujer esconde su sexo.

Tus rugidos de león en celo me hacen sonreír y me atrevo a ir más allá, bajando aún más mis manos para tocarte a mi antojo.

Tu boca, ávida de mis labios, buscan este oasis que sólo sabe sonreír, mientras mis pezones se erizan, como dos picos cordilleranos.

Tus manos alcanzan mis senos, presionan mis pezones, mis gemidos no tardan en venir e irrumpen en el silencio de esta habitación.

Tu boca muerde mi cuello, adora mis hombros y se posan suavemente en mis pezones, uno primero, el otro después, mientras tus manos juguetonas tiran suavemente del pezón que tu boca a dejado de lado.

Me siento húmeda, con ganas de ponerle fin a este juego. Pero aún no es tiempo.

Por fin me atrevo.

Logro recostarte en la cama para poder adorar tu cuerpo desnudo ya. Mi boca recorre tu cuello mientras tus manos intentan tocarme, bajo por tu tórax con mi lengua, me detengo de tiempo en tiempo para observar tu desnudez y la recompensa que me espera más abajo.

Tu ombligo se contrae al sentir mi boca en él, tu piel se eriza al saber que pronto llegaré al final.

Me tomo mi tiempo para besar tus muslos, acariciar suavemente tu pene, erecto frente a mi, desafiante, mientras intentas levantar la cabeza. Quieres mirar, pero el deseo es más fuerte que tu y la dejas caer.

Sonrío, mientras voy introduciendo suavemente tu pene en mi boca. Lanzas una exclamación al darte cuenta cuan adentro de mi boca puedes estar. Con mi mano ayudo a que entre cada vez más, hago presión, suspiras un poco más fuerte. Te toco como siempre quise hacerlo, recorro con mi lengua su largo y bajo aún más, nuevos gritos ahogados salen de tu coba.

De pronto saltas como un león, me pones de espalda y tiras violentamente de mi cabello. Un grito de sorpresa y excitación sale de mi boca mientras me embistes con fuerza. lentamente vas soltando un poco mi pelo lo que me deja con un poco más de libertad para moverme a mi antojo.

Bajo una mano para sentir como me penetras, el calor es ya insoportable y te siento venir.

Me abandono a mis instintos más básicos y dejo que acabes en mi interior, como una gran explosión.

Exhausta te miro, preguntándome en cuanto rato más te atreverás nuevamente.

martes, julio 08, 2008

REENCUENTRO

La llamada me había tomado por sorpresa, no sabía si debía o no asistir a la cita y luego pensé “¡Al Diablo! No tengo por qué ser yo la que tenga miedo” Tomé una gran bocanada de aire al ver que se acercaba un taxi y lo hice parar.

Durante el corto trayecto vinieron a mi mente las imágenes más diversas, mezcla de placer, alegría, tristeza y abandono. La experiencia pasada con él no era de las mejores pero estaba dispuesta a sentarme a conversar como si nada hubiese pasado, como si el tiempo se hubiese detenido hace ya casi 10 años.

La noche avanzó entre risas, tabaco y alcohol, hasta que te pusiste de pie y me robaste un beso, un beso que llegó hasta mi alma y la hizo temblar. Mi respiración se agitó, sentía tus manos acariciando mi cuello, generando suaves círculos alrededor de mi nuca, provocando en mí el deseo y excitación que pensé perdidos.

Lentamente comencé a tocar tu pecho, a sentir tu respiración agitarse junto a la mía, me tomaste de los hombros y me obligaste a levantarme, apoyada en el arco del comedor me besaste salvajemente, tu boca pasaba rápidamente de la mía a mi cuello y viceversa. Tus manos buscaban entre mis ropas las cumbres de mis pechos erguidos esperando por tus caricias.

Lentamente fui despojándome de mis ropas para poder ofrecerte mi cuerpo deseoso del tuyo, tus manos jugando con mis pezones orgullosamente erguidos mientras mis manos desabrochaban tu cinturón, bajaban el cierre de tu pantalón hasta llegar a tu sexo erguido frente a mi.

De pronto tus manos bajaron hasta mi sexo, buscando suavemente mi clítoris, buscando mi humedad, provocando oleadas de placer y deseos de tener tu sexo dentro de mí.

Me hiciste girar rápidamente y me embestiste suavemente al principio, para luego ir aumentando el nivel de fuerza hasta que las sensaciones dentro de mí comenzaron hacer mis piernas temblar. Sentía cómo tu sexo penetraba en mi una y otra vez, sentía tus gemidos sobre mi espalda y deseaba más y más a cada minuto.

Me llevaste al sillón, te recostaste sobre él y pude ver tu pene frente a mí, ofreciéndose en toda su magnitud. Mi boca deseosa de él no se demoró en comenzar a jugar con él; suavemente primero y subiendo de intensidad después. Mi lengua pasaba a lo largo y ancho de él, buscando saborear hasta la última gota de tus fluidos que ya se encontraban mezclados con los míos. Tu cara de satisfacción y tus gemidos me decían que querías más y más.

Rápidamente me despojé de mis botas para poder sentarme sobre ti, sentí cómo nuevamente me penetrabas, pero esta vez a mi propio ritmo. Mis manos tomaban tu cabeza y la llevaban a mis pechos, tu boca succionaba primero un pezón, luego el otro, suavemente mordías, disfrutando de cada movimiento, mis caderas giraban en redondo mientras subían y bajaban hasta que sentí cómo mi cuerpo se estremecía en un orgasmo el cual fue deliciosamente acompañado por el tuyo.

En el éxtasis del momento, cansados por el esfuerzo realizado, sentados en el suelo uno frente al otro, me di cuenta que quería continuar, no quería acabar nunca más, quería quedarme ahí, desnuda a tu merced.

Leyendo mis pensamientos me arrastraste hasta tu dormitorio, encendiste la luz, me subí a tu cama dispuesta a dejar que hicieras con mi cuerpo lo que quisieras. Tu boca pasó de mis labios hasta mi sexo, tus dientes mordían suavemente mi clítoris mientras tu lengua lo estimulaba con rápidas y certeras pasadas sobre él. No sé cuánto tiempo estuviste haciéndolo, sólo sé que dos pequeños orgasmos vinieron sucediéndose en mí cuerpo, como una marea de deseo sin fin.

De pronto me diste vuelta y volviste a penetrarme, pero esta vez con más violencia, tus manos golpeaban mis nalgas suavemente mientras yo suplicaba por más. Sentía cómo te hundías en mí ser, sentía como entrabas y salías. Mi mano bajó hasta llegar a sentir cómo tu sexo entraba en el mío, me detuve en mi clítoris y lo estimulé un poco mientras seguías embistiéndome, busqué el tallo de tu pene, lo toqué y estimulé mientras otro pequeño orgasmo venía a sacudir mi cuerpo.

Te alejaste un poco y tus dedos comenzaron a jugar en el entorno de mi ano, introdujiste un dedo y supe que estaba perdida, supe que no podría decirte que no, supe que si no lo hacías te iba a gritar suplicando hasta que lo hicieras.

Lentamente comenzaste a introducirte por mi ano, sentí dolor y placer a la vez, el dolor iba desapareciendo lentamente, así como ibas aumentando el ritmo. Mis orgasmos se fueron sucediendo uno tras otro, al igual que tus gemidos, hasta que explotaste al fin dentro de mi, tus fluidos mojaban mi sexo como nunca antes lo habías hecho.

Reposando uno al lado del otro, aún con ganas de seguir, supe que esa noche había valido más que cualquier otra noche de hace 10 años.

martes, octubre 23, 2007

LA DANZA DE KITTY, FINAL

- Veamos, gatita... juguemos al ratón y al gato.

Dijiste mientras me tomabas en tus brazos y me conducías, aún empapada por el baño, hasta la enorme cama.

Simplemente caímos juntos. Antes de que pudiera echarte de menos estabas de nuevo en mi interior, llenándome con tu carne, bailando entre mis muslos.
Tus manos, siguiendo la danza de mis pechos en tus ojos, se apoderaron de ellos mientras separabas tu cuerpo del mío. La danza de tus caderas se suavizó lentamente, dándome un pequeño respiro, para volver a la carga instantes después, acelerando el ritmo y la fuerza de tus embestidas iba a correrme de nuevo, estaba a punto, cuando frenaste casi en seco, acoplando tu ritmo al mío y dejando mis caderas bailando en el vacío. Moví frenéticamente mi pelvis, empujando contra la tuya, pero tus caderas se pegaron a las mías como una lapa... te sentía dentro de mí, llenándome con tu lava, pero no sentía el roce de tu miembro en mi interior. Lo intenté de nuevo, mi pelvis describía ochos, giraba, se retorcía en busca del contacto ansiado. El fastidio empezó a crecer en mi interior. Una nota del pasado comenzó a vibrar. De nuevo esa sensación de ser utilizada, humillada... pero tus ojos, clavados en los míos todo el tiempo, debieron adivinar aquella burbuja que ascendía desde mi interior, y abandonaste tu acople, liberando el ancla que nos mantenía unidos, justo cuando mi cuerpo se retorcía con más fuerza y desesperación. El cambio de sensaciones fue brutal y al segundo de sentir tu verga frotando con fuerza las paredes de mi vagina, un temblor incontrolable se apoderó de mí. Un nuevo orgasmo ascendió sacudiéndome de abajo a arriba, desde las uñas de mis pies hasta el vello de mi nuca, hundiéndome de nuevo en un mar de placer, cálido y desesperantemente lento. Rompí a sudar, mis gemidos fueron bajando de intensidad a medida que tú volvías a moderar tus movimientos, que no sé en qué momento de mi locura se habían vuelto tan salvajes, pero poco a poco volviste a dejarme meciéndome suavemente al compás de tus olas. La presión de tus dientes en mi oreja provocó en mí un pequeño respingo de sorpresa.
- Date la vuelta, gatita, me estás destrozando la espalda...
Hasta ese momento no me di cuenta de que mis uñas estaban profundamente clavadas en tu piel, y no pude evitar una sonrisa de satisfacción, rayando en el despecho. Ahora ambos estábamos marcados. Mis ojos se clavaron en tu garganta, justo encima de mi rostro. Te separaste justo a tiempo, pues una fuerza invisible me impelía a clavar mis dientes en ella... una sensación nueva para mí. Necesitaba imperiosamente mantenerme así, clavada en tí… como si mis uñas en tu espalda y mis dientes en tu garganta fueran el contrapeso necesario a ese miembro que se hundía en mi interior. Sólo pensarlo y furiosas contracciones empezaron a recorrer mis músculos vaginales. Luché contigo. Contra tí. Crucé mis piernas con firmeza alrededor de tus caderas. Mis manos te empujaban hacia mí, hundiendo las uñas más y más en tu carne mientras mi boca buscaba su presa. Cada vez que separabas tu cuello de mi boca, mis uñas se clavaban más, mis piernas te hundían más adentro, más profundo, más fuerte. Hasta que una mano grande y fuerte se apoderó de mi rostro. La tuya, que empujó mi cabeza contra la almohada, obligándome a mirarte a los ojos. Sonreías. Con sorna, con fiereza, desafiante.
- Bueno, bueno… así que Mi gatita se ha convertido en una pantera… ¡Juguemos!
Tomaste mi rostro y lo aprisionaste contra tu pecho. Rodamos por la cama. Ahora quedabas debajo de mí, tus manos, ahora fuertes y duras, sujetaban mis hombros, separando mi cuerpo del tuyo. Tuve que soltar la presa de mis piernas. Apreté con mis rodillas en tus costados evitando que me separaras de ti, pero mis garras seguían hundiéndose cada vez más en tu espalda. Más profundamente cuanto más me separabas de tí. Reías. Cualquiera diría que estabas disfrutando con aquello. Dejé caer mi peso con fuerza sobre tu verga, hundiéndome una y otra vez con brusquedad. Todo mi ser palpitaba al ritmo de las contracciones que recorrían mi húmedo interior. Volvimos a rodar. Aprovechaste ese momento en el que mi presa era más débil, tumbados sobre nuestro costado, para zafarte de mí. Salté sobre mis rodillas, enfrentándome a ti rugiente, excitada, fuera de mí. Ambos nos estudiamos unos instantes. Mi boca buscaba la tuya, necesitaba cerrar mis dientes sobre tus labios, hundirlos en tu garganta… giraste buscando mi espalda, pero yo te seguí rápida y volvimos a quedar enfrentados. El juego empezó de nuevo. Amagabas a mi derecha y yo hurtaba mi cuerpo a tu brazo fuerte, a tu mano grande y pesada, que retenías sin que yo acertara bien a saber por qué. Volvimos a girar, ahora hacia la izquierda. Amagaste un abrazo sobre mi espalda. Hurté mi cuerpo hacia la derecha, pero esperabas esa reacción y con un rugido de satisfacción, tus dedos se cerraron sobre mi pantorrilla, resbalaron en mi intento de zafarme, apresando con fuerza mi tobillo izquierdo y comenzaste a atraerme, para mi desesperación, de espaldas a ti. Sabía lo que intentabas, y estaba dispuesta a defenderme con dientes y uñas. En vano intenté girarme. A esas alturas ya habías capturado ambos tobillos, y no necesitaste demasiada fuerza para volver a darme la vuelta. Clavé las uñas en las sábanas, resistiéndome mientras tú tirabas de mí. Mientras aplicabas tu fuerza arrastrándome sobre las sábanas, recuerdo que te odié con todo mi corazón. Mi voluntad quería resistirse a tu empuje. Mi vagina, huérfana de ti, palpitaba pidiendo a gritos volver a tenerte dentro de mí. Y mi cabeza me decía que no era ese hueco el que buscaba tu verga, que veía en mi mente enrojecida y palpitante, dispuesta a empalarme. Aplicaste tu ventaja física paulatinamente, con firmeza, ajeno a mi resistencia. Mis uñas dejaban el rastro de tu propia sangre en las sábanas de seda. Las hundí con fuerza, pero de nada sirvió. El sonido de la seda al rasgarse acompañó el final de mi trayecto, hasta sentir tu glande rozar mis muslos. Aún me resistí unos segundos más y continué luchando incluso cuando sentí que tu objetivo no era aquél y empezaste a entrar en mi vagina. Debió ser ella la que envió la orden a mis manos, pues mi cabeza seguía resistiéndose cuando mis dedos aflojaron la presa en las sábanas. Abrir las manos y cerrar los músculos de mi interior. Como en un balancín, mi cuerpo pasó de apresar las maltrechas sábanas para abrazar a tu falo ardiente. Una mano fuerte y ancha se posicionó en el centro de mi espalda aplastando mi cuerpo contra la cama. Y de nuevo, fueron mis músculos internos los que, ajenos a mi propia voluntad, latieron, palpitaron, ondularon succionando tu carne, que sentía como un hierro al rojo que me abrasara. Sin moverme, sin moverte, por su propio movimiento, me alcanzó un nuevo clímax. Casi doloroso, luchó contra mi voluntad encorajinada que se rebelaba a ser tomada de esa forma, a perder el control, haciéndome aullar de placer y frustración.

Te aprovechaste de mí. Aprovechaste el momento en el que estuve entregada al placer para moverme, para elevar mis rodillas sobre las sábanas, debajo de mi cuerpo. Cuando quise percatarme de lo que ocurría, me tenías a tu merced, con las piernas bajo mi cuerpo y tus manos en mis caderas. Y entonces, iniciaste tus movimientos. Duros, rápidos, hasta alcanzar de nuevo un frenesí enloquecedor, que me lanzaron inmediatamente hacia un cuarto, quinto, hacia una secuencia interminable de subidas y bajadas, rendida totalmente al placer y al ritmo que tu cuerpo y mi deseo marcaban. No sé cuanto tiempo estuvimos así, cuanto duró aquella montaña rusa. Pero sí recuerdo cuando, tras una última oleada que agotó las pocas fuerzas que me quedaban, saliste de mí y me giraste, tomándome de los hombros para incorporarme. Me encontré sentada en el borde de la cama, exhausta, casi adormecida, con tu miembro rojo e hinchado frente a mí. Y no supe resistirme, o no quise, no lo sé. Cuando la cascada de tu semilla se derramó en mi garganta, tan sólo tuve fuerzas para luchar contra la asfixia, sólo pude luchar para evitar ahogarme mientras tragaba tu simiente que se precipitaba en mí a borbotones. Terminaste dentro de mí con un rugido, como el macho que se derrama dentro de la pantera. Durante el tiempo posterior que permaneciste dentro de mí. Sentí con alivio cómo tu tensión cedía, aliviando la fuerza que me ahogaba, hasta que ambos pudimos recuperar, poco a poco, el resuello. Tú, dentro de mi boca. Yo, con los labios pegados a tu pubis, inmersa en ese olor a sexo y placer. Poco a poco fuiste soltando la presión de tus manos en mi nuca, saliendo despacio de mí. Y entonces sucedió algo extraño, inesperado. Te arrodillaste en el suelo frente a mí, sin soltar mi cabeza. Tus ojos volvieron a los míos. Pero ahora, mi mirada agotada no encontró ante sí la tuya desafiante y dura, como esperaba, como te imaginaba. Todo lo contrario. Tus ojos irradiaban ternura, cariño. Tu boca se posó en la mía, haciendo caso omiso de aquello que resbalaba por la comisura de mis labios, para besarlos con delicadeza. Tus manos recorrieron mi rostro suaves, aleteantes. Tus brazos se cerraron en un abrazo cálido y tranquilo, dejando atrás en el olvido la batalla para devolverme a un limbo de besos y caricias, al que me abandoné agotada. Me condujiste con delicadeza al centro de la maltrecha cama, para abrazarme. Instintivamente, mientras tirabas del edredón para cubrir nuestros cuerpos sudorosos, me hice un ovillo entre tus brazos y cerré los ojos dejándome mecer por el oleaje de tus arrullos hasta que me quedé dormida.

sábado, julio 28, 2007

LA NOCHE ANTERIOR

Agotada por el viaje, me dejé caer en la habitación completamente desnuda. Tu magnífico servicio se había encargado de encender la chimenea y subir mi equipaje. Un profundo olor a especias inundaba la habitación. Sobre el escabel que ocupaba todos los pies de la gran cama con dosel, me esperaba el primero de tus regalos: un hermoso kimono de seda blanca. Pasé distraídamente la mano sobre sus bordados, lenguas de fuego que ascendían desde los pies y se enroscaban a la altura del vientre, rodeaban graciosamente la parte de los senos, dibujaban una amplia curva alrededor de las nalgas. Agotada por el viaje y el placer, fui cayendo en un sueño dulce y sensual, embriagada por el aroma de las espacias mientras mis dedos recorrían soñadores el dibujo de los bordados.

En mis sueños me debatía arrastrada por una corriente que me conducía entre paredes excavadas en la roca viva. Luchaba por zafarme de ella, pero cada vez que lo intentaba, unas manos poderosas emergían de las aguas para acallar mis intentos. Caí en un torbellino que me hizo dar vueltas y más vueltas, hasta dejarme suspendida en su interior, con los brazos y las piernas abiertas formando un aspa. Entonces, Su Voz vino a llamarme. Aquella voz gutural y profunda. Vi la imagen del rostro de El Señor de la Mansión perfilarse frente al mío. Su mano tomó mi barbilla y sus labios se posaron sobre los míos, Su lengua se abrió paso en mi interior, nadando como un pez curioso y lleno de ansia que buscara la salida de la gruta. Poco a poco fue retirándose de mí. Entre besos, empezó a llamarme de nuevo: “Gatita... gatita... ven a Mí, gatita...”

Abrí los ojos con dificultad. Sentía una especie de resaca y el olor a especias se revolvió dentro de mi interior, embriagada aún por sus efectos. Ante mí, Su rostro dibujaba un contraste intenso entre la mirada seria y la amplia sonrisa con la que me recibía. Deseé echarle los brazos al cuello, pero no pude. Miré extrañada hacia mis manos. Mis muñecas estaban atadas a una tosca cruz de madera en forma de aspa. Bajé la cabeza. Mis tobillos también estaban prisioneros. Me hallaba inmovilizada sobre Su cruz de San Andrés. A mi alrededor, las antorchas refulgían provocando sombras danzantes en las paredes excavadas a pico en la roca viva. Poco a poco, el sonido del agua llegó a mis oídos denunciando una fuente, o un manantial en las proximidades.

El Señor se retiró unos pasos. De su mirada fue desapareciendo la sombra de seriedad y preocupación, y la sonrisa de su boca fue ascendiendo hasta sus ojos. Con uno de sus dedos recorría lentamente el borde tosco del cuenco de barro cocido que sostenía con su mano izquierda.
- Aquí estamos de nuevo, gatita. Tú en tu lugar y Yo en el mío. Apuesto a que has echado de menos esto. – Mientras hablaba fue girando alrededor de mí. Mi cabeza le siguió hasta perderle de vista detrás de mí. De repente, sentí su mano rozando el interior de mis nalgas. Apenas tuve tiempo de reaccionar al notar un dedo untado de lubricante introducirse en mi ano. – ¿Has conservado tu delicioso culito como lo dejé? Veo que sigue tan estrecho y delicioso como la última vez. Ven, Julie, sigue tú con esto...

Su figura volvió a aparecer desde mi izquierda, sonriente, con una toalla entre las manos mientras unas manos pequeñas, de dedos largos y finos lubricaban cuidadosamente los alrededores de mi culito, que ya palpitaba enloquecido muy a mi pesar. Intenté esbozar un rictus de protesta, pero Él ya lo esperaba. Sin dejar de girar lentamente a mi alrededor, continuó hablando como si no me hubiese visto.

- ¡Vaya! No irás a decirme que has venido aquí en busca de descanso y paz interior, gatita. Venga – El azote sobre mi nalga resonó multiplicado por el eco de la cueva, provocando en mí un respingo y, muy a mi pesar, un ligero gemido – relaja ese culito y deja a Julie hacer su trabajo. - Sentí cómo movía la cabeza de la sumisa y sus pequeños dientecitos se clavaban en mi otra nalga – me consta que ella sí se ha acordado de tu última visita, ¿verdad, Julie?

De la boca de la diosa blanca sólo salieron unos gemidos, mientras Él la presionaba contra mi glúteo contraído. Tuve que hacer un esfuerzo para relajar mis nalgas. Por mí y por ella. Cerré los ojos y me dejé llevar por los recuerdos de nuestra última noche juntos. Recuerdos que, como Él bien sabía, habían presidido casi obsesivamente mis noches desde que abandoné la Mansión. Poco a poco conseguí relajar mis músculos y abandonarme en las manos de Julie. Pronto la sensación de sus dedos rodeando traviesos mi ano empezó a provocar oleadas de calor en mi interior. Ella manejaba con maestría las suyas, conocedora de mis reacciones. Una uña describió un círculo a su alrededor arrancándome el primer gemido audible. Poco después, dos dedos abrían mis ya húmedos labios, abriéndose paso en su interior, separándolos al ascender y permitiendo que se cerraran al descender de nuevo hacia mi culo. Cuando subieron por tercera vez, cuidando mucho de no rozar sino los bordes exteriores de mi clítoris, otros dos se abrieron paso despacio en mi vagina, jugando con mi flujo y provocando en mí un deseo incontenible. Entraron y salieron varias veces lentamente, en mis ojos cerrados se dibujaba el rostro de Julie, sonrojado por el deseo y la excitación. Aquél que emergía entre mis muslos en mi recuerdo. Después de un rato de penetrar en mi interior y repartir sus jugosos líquidos por toda mi vulva, sentí que los dedos que se deslizaban para abrir mis labios por enésima vez eran acompañados por los otros en su camino ascendente. Tan despacio, tan suave, tan insinuantes, que supe lo que iba a suceder siglos antes de que llegaran a su destino, de que los primeros cerraran su pinza sobre el clítoris que palpitaba como un corazón con vida propia y los segundos iniciaran sus caricias enloquecedoras. No llegué a aguantar un segundo. Cuando la Voz del Señor me dijo que si me corría antes de tiempo me azotaría, el efecto fue devastador. Mis piernas experimentaron un espasmo incontrolable y mi voz acompañó con un gemido largo y ondulante la marea que se apoderó de mí ascendente, recorriendo todo mi cuerpo hacia mi nuca para estallar en mi cabeza, apoderándose de mí durante un segundo interminable. Las muñecas pugnaban por escapar de sus ataduras, los lazos herían mis tobillos y toda yo encadenaba una convulsión tras otra, mecida al son de las olas de la tormenta.

Cuando todo terminó, mi cuerpo colgaba de las muñecas como un pingajo, me escocían las rodillas, que apoyaba en la basta madera con los muslos vencidos por el cansancio y mi culo echado hacia atrás, agotada. El Señor no me dio tregua alguna. Reaccioné de inmediato irguiéndome al recibir el primer azote en mis nalgas expuestas.
- Oh, noooo yo no... – inicié una protesta airada. Mi dignidad se rebelaba; nunca había sido azotada y no esperaba un trato así la primera noche.
Pero Él se mantuvo inflexible. Acercó su boca a mi oído. Su Voz estaba ligeramente mudada, más ronca de lo habitual, con un deje severo y nuevo para mí que – muy a mi pesar – provocó nuevos ríos de flujo que corrieron pronto por mis muslos abiertos.
- Te avisé, gatita... ahora te va a tocar a ti contar hasta diez. No irás a perder la cuenta, ¿verdad? Porque tendríamos que volver a empezar...

Un segundo después, caía otro azote, esta vez sobre mi otra nalga. Plano, fuerte, sonoro. Más ardiente que doloroso, salvo en mi maltrecha dignidad.
- ¡Cuenta! – Su Voz sí era un látigo, seco y cortante. Para colmo de males, una contracción ascendió desde mi vagina recorriendo mi vientre y pecho. La realidad es que me estaba poniendo más caliente de lo previsto. Mucho más de lo previsto. Y mi ofendida dignidad tuvo que refugiarse tras la idea de que aquello me estaba gustando, de que lo hacía por voluntad propia.
- Uu-uno...
- ¡Más fuerte, no te oigo! - Otro azote seco, otra explosión de fuego, otra sacudida recorriéndome, mi vagina palpitando...
- ¡Dos!
- Bien.¡Más fuerte todavía, quiero oírte gritar!
- ¡TRES!
- ¡Más!
- ¡CUATROO!
- ¡Más!
- ¡¡¡¡CINCOO!!!!
- Bien, gatita, tu lomo enrojecido es un espectáculo digno del mejor pintor. Vamos a descansar un poco. ¡Julie!
- ¿Señor?
- Trae la cámara de fotos. Vamos a prepararle una postal de recuerdo a nuestra invitada.
- Sí, mi Señor
Mientras los pasos de Julie resonaban perdiéndose en la cueva, sentí Su mano demorarse en mis nalgas enrojecidas. Volvió a girar a mi alrededor. Procuré hurtar mi mirada de la suya, intentando ocultar mi situación real y salvaguardar así la poca dignidad que me quedaba, pero Él tomó mi barbilla y clavó sus ojos oscuros en los míos, escrutando en su interior.
Sentí como si fuera violada por aquellos ojos; intenté resistirme, pero todo fue inútil. Sujetando mi mentón con firmeza, Su mirada se introdujo dentro de mí. Ardiente, lasciva, inquisidora. Supe que lo había descubierto al instante. Su hierro tornó en terciopelo, su dureza en caricia, su búsqueda en compañía. De sus ojos ahora entrecerrados me llegó un último mensaje, lleno de comprensión y deseo, antes de que sus labios lo plasmaran en mi boca jadeante.

El resonar de los tacones de plata de Julie rompió la magia de aquel momento. La vi avanzar reflejándose en Sus pupilas. Desnuda, con unas sandalias plateadas de tacón alto, una diadema brillante sujetando su cabellera rubia y una gargantilla similar alrededor de su cuello. Traía en su mano lo que imaginé sería la cámara que le habían ordenado traer.
- Señor...
- Vamos a ver... sepárate unos pasos. Así. – no podía ver lo que ocurría, pero terminé de imaginármelo con la siguiente frase - ¡Vaya, qué bien que te pongas en cuclillas... ahora creo que realmente estamos todos en una magnífica postura! ¿Ya has encuadrado? Pues... ¡Seguimos!
El azote me pilló de improviso, lo reconozco, y tan sólo pude emitir un gemido. Sí. De gusto. Me sentí como una perra en celo cuando el Señor me increpó, tirando de mi cabello hacia atrás con firmeza:
- ¿Ya has olvidado la cuenta, gatita? ¿Quieres que volvamos a empezar?
- Nooo... ¡Seis! – respondí asombrada por la reacción de mi propio cuerpo, que volvía a palpitar pidiéndome algo más que esa mano ancha en mis nalgas.
- ¡Más fuerte, gatita, no te oigo bien!
- ¡SIETE!
- ¡Así, bien!
- ¡OCHO!, ¡NUEVE! – Clic, clic, clic – podía oír perfectamente al obturador de la cámara disparando sin cesar. El último azote se hizo esperar. Lo justo. Lo preciso para que mi cuerpo lo deseara, para que mi mente se diera cuenta de ello, para que mis glúteos se prepararan para él.
- ¡¡DIEEEEZ!! – y Su mano se quedó sobre mi piel, acariciando mis nalgas, deslizándose lúbrica entre ellas en busca de mis rincones, que halló totalmente empapados.
- Lo sabía, gatita. Siempre lo supe, te lo dije el primer día. Sólo tú lo ignorabas. ¿Me crees ahora?
- Sí, Señor...
- ¿Sabes lo que vas a recibir como premio?
- Síii, Señor...
- Dímelo tú, gatita jadeante
- A usted, Señor...
- ¡Exacto!. Ven Julie, abre estas nalgas que un día ya preparaste para Mí.
Sentí las manos frías de Julie en mis nalgas ardientes como hielo sobre las brasas, quemándome más aún si cabe. Por esa temperatura supe que Sus manos sustituían a las de la esclava, e intuí fácilmente, por el rumor de ropas, lo que ella estaba haciendo para nosotros. Poco después, sentí cómo Su glande rozaba el canal entre mis nalgas, dirigido por una mano fría y delicada. Con calma descendió hasta mi ano que boqueaba ya como un pez. - “No habría hecho falta ningún lubricante”- recuerdo que pensé un instante antes de que lo encajara en su entrada. Pero cuando empezó a entrar y salir poco a poco en mi interior, ya no pude poder pensar en nada más que en que entrara un poco más, un poco más dentro, un poco más fuerte... Pronto toda la sala se llenó de mis gemidos, rebotando en las paredes de la cueva, devueltos mil veces por el eco. Entonces, él tomó mis pechos con fuerza y, acercando su boca a mi cuello, susurró:
- Se acabó el tiempo de maullar, gatita. Ha llegado la hora de los rugidos.
Y de un empujón seco y duro, me empaló con su verga hasta el fondo de mi culo, ebrio de placer. Y acertó. Se terminaron los gemidos, los jadeos. Empecé a gritar como una loca. A cada empujón de su falo respondía con un grito fuerte, incontenible, que cada vez que la retiraba se modulaba en una especie de gemido largo. No tardé mucho en saber que iba a correrme. Se lo dije, se lo grité, le pedí que parara, que no podía más, que iba a morirme de placer, pero Él continuó machacando mis nalgas con sus caderas, entrando hasta el fondo de mi ser y exploté perdiendo la noción de lo que sucedía, sacudida como una barquita en una tormenta. Agotada por el terrible orgasmo, intenté huir de Él, llevando mis caderas hacia delante e impidiendo que su penetración fuera tan profunda, pero Allí me encontré con la lengua de Julie que, arrodillada ante mí, se introdujo entre mis muslos abiertos tomándome de las caderas y golpeaba mi clítoris sin piedad, amplificando hasta el paroxismo las sensaciones que su amo me estaba provocando. Lloré, grité, me corrí una, dos, perdí la cuenta de las veces que aquel huracán me elevó por los aires, jugando conmigo como una hoja en el ojo del tornado. Mis gritos y súplicas atronaban mis oídos, devueltos por el eco, hasta que sentí aquél fuego estallar en mi interior, inundándome por completo... y entonces, volvió la calma. Julie abandonó su posición sentada sobre sus rodillas para colocarse debajo de mí, sujetándose con fuerza de los maderos, e introducir su rostro entre mis piernas. Percibí como en trance sus pechos emergiendo entre mis muslos, su vientre terso y depilado, desapareciendo en una postura forzada. Cuando su lengua terminó de recoger la semilla de su señor, que chorreaba por sus testículos, se fue desplazando por mis muslos, ascendiendo con lenta parsimonia hasta introducirse en mi agujerito vacante, recorriendo, juguetona y golosa, cada centímetro de mi vulva. Poco después, el Señor fue saliendo de mí. La sensación fue intensa, un eco amortiguado de lo que había sucedido minutos atrás, hasta que su verga desapareció por completo de mi interior y la lengua de Julie la sustituyó ávida de su simiente y de mis jugos. Con la flexibilidad de una contorsionista, cambió de postura pasando bajo mi cuerpo sin abandonar su posición dentro de mi ano hasta situarse detrás de mí. No abandonó su faena hasta lograr gozar de cada gota que me llenaba, hasta asegurarse de que nada resbalaría ya por mis piernas. Entonces – lo supe por las exclamaciones de placer de su Amo – se volvió hacia su Señor que se había retirado hacia un sillón frente a mí y, gateando con movimientos tan felinos que me hizo enrojecer de envidia, se situó entre sus piernas, dispuesta a terminar su faena.
- Tranquila, tigresa, tranquila... - su Señor acariciaba sus cabellos – que nadie te va a robar tu ración.

Poco después, el olor a especias volvió a inundar la sala y un profundo sopor se apoderó de mí.